miércoles, noviembre 20, 2013



Cada vez que alguien se expresa, está tratando de encontrarse en sus palabras o, para ser más precisos: está tratando de expresar la verdad que lo sostiene, verdad que se da, más que como acuerdo lógico -que debe existir, claro- como sentimiento. Captamos las cosas como totalidades, como un sentimiento más o menos diferenciado. Al expresarlo lo vamos precisando, poniéndolo en palabras. Por este motivo la filosofía se acerca más al arte que a la ciencia. La ciencia capta regularidades, patrones, relaciones. En cambio, un filósofo responde a los distintos fenómenos con un texto que, no es otra cosa que una respuesta emocional. ¿Por qué una respuesta emocional y no lógica? Porque valoramos, porque elegimos aquello que es importante para nosotros, seleccionamos de los distintos estímulos aquellos que son importantes para entender y pensar las cosas.

El hilo conductor del discurso filosófico es un hilo emocional. A través de cómo sentimos las cosas las comprendemos. Lo que no me afecta de alguna manera, no me interesa, no le presto atención. Esto es lo que las máquinas no pueden hacer. El filósofo es un ser histórico, su vida, su historicidad, su experiencia, desarrollan su ojo interior para captar las cosas. Podemos crear un programa que haga ciencia, es más, creo que ya hay algunos operando, pero no uno que haga filosofía. El artista crea su obra desde sus emociones igual que el filósofo. La diferencia con el artista es que éste puede crear ficción sólo para entretener, mientras que el filósofo busca la verdad, y la verdad es más que exactitud o acuerdo lógico, es sentido, es importancia, es interés, es ética. Por este motivo cuando leemos un texto científico, el texto en sí no nos dice nada, es un texto directo con un sentido único para evitar confusión, casi diría que puede ser una fórmula matemática. En cambio, el buen texto filosófico es un texto literario, porque la mostración de la verdad requiere de un sujeto hablante que se dirige a otro sujeto. Debe afectarlo, debe hacerle sentir la verdad. La mayoría de los buenos filósofos son escritores, no ocurre esto con los científicos cuyos textos siguen una organización estipulada que les quita todo valor literario.

Destaco algo muy importante para que no se olvide: un texto filosófico constituye una respuesta emocional a algún fenómeno que está afectando al filósofo, lo afecta tanto que se ha convertido en un problema a resolver, el texto, entonces, es la solución con la que trata de resolver el problema. A veces, comprender algo es ya una solución. Pero claro, una solución puede consistir también en alguna idea o plan a llevar adelante. Por esto es que se dice que el método de la filosofía es la intuición, porque el filósofo -al igual que el verdadero artista- crea desde las tripas. El filósofo es, antes que nada, un escritor.

Un sujeto hablante se busca en sus palabras, por eso a veces balbucea, dice algo y consulta qué siente para saber si se acerca a aquello que quiere decir. Sin expresión, sin alguien que sea tocado por ésta y realice algún tipo de devolución, no hay conocimiento de sí. Los demás son el espejo que nos refleja, y al expresarnos nos buscamos. A veces tenemos la suerte de encontrarnos y sentirnos en nuestra mismidad. Claro, nunca logramos escribirnos o pintarnos, siempre hay algo que se escapa a la representación, eso que se escapa continuamente y que no podemos escribir somos nosotros, es lo real que hay en nosotros, es como un punto en torno al cual gravita nuestro ser y al que nos vamos acercando asintóticamente.

Recuerden que no hay conocimiento de uno mismo sin saber cómo nos ven los demás, casi diría que nuestra identidad real es la imagen que, quienes nos conocen verdaderamente se forman de nosotros. Podemos creer que somos algo distinto de cómo nos ven, pero en el fondo no nos engañamos.


2 comentarios:

  1. Un ámbito generoso y consciente del poder que ejercen los demás, las personas que nos rodean, aquéllas que interactúan presencial o virtualmente, sobre nosotros mismos, sobre la "definición" que nosotros podamos tener de nuestra misma persona, en ese espejo continuo que son los otros. Quiero ir algo más allá en uno de sus apartados, si se me permite, y es la variabilidad del concepto que podamos tener primitivo de un individuo y la consiguiente definición evolucionada por la experiencia vivida entre el primer suceso y el último. Siguen las emociones llevando ese timón interno que nos abre senderos que en un pasado no hubiéramos imaginado, candentes por la plena sincronicidad que fluye en nuestras vidas, simplemente como los astros van girando alrededor de otro mayor

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    1. Nosotros siempre tenemos un Otro imaginario que es la suma de todos los Otros y algo más, una especie de testigo nuestro y que nos conoce completamente desde dentro. La imagen del Gran hermano puede que haya salido de ese Gran Otro siempre presente y que conduce, de alguna manera nuestros actos. Hay que tener en cuenta que entendemos desde el lenguaje, pero el lenguaje no lo inventamos nosotros, nos fue impuesto de alguna manera, así que desde el comienzo nos vemos desde fuera. Cuando escribes o piensas en voz alta, te diriges siempre a ese Otro, salvo que te dirijas a alguien en particular, cosa que te obligará adecuar tu escritura a ese particular. Muchas veces nos encontramos con personas que no entendemos -bueno, ustedes no entienden- lo que dice, como si tuviera un lenguaje particular o, supusiera que le leen la mente y que lo que dice debe ser entendido fácilmente. Eso ocurre porque esa persona no discrimina entre ese Gran Otro que habita en su interior como testigo de sus actos y pensamientos, y el resto de las personas.

      Es cierto, el tiempo cambia, me encuentro a veces a personas que no veo desde hace más de 10 años y son extraños hoy para mí.

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