viernes, octubre 25, 2013



No me canso de decir que el ojo del pintor aprende a ver al pintar. Pero no sólo del pintor, de todo artista, da lo mismo pintar con pinceles que hacerlo con palabras. Se trata siempre de construir representaciones. Si dibujo el árbol que está en la esquina y alguien pretende encontrarlo a partir del dibujo, difícilmente lo logre. No soy dibujante, jamás me interesó aprender. Pero si hubiera aprendido no sólo habría dibujado un árbol parecido, sino que habría ganado en densidad existencial, al poder darme cuentas de pequeños rasgos del árbol que se me escapan. Cuando creamos representaciones ganamos en densidad existencial.

Los clásicos de la literatura destacan por su gran densidad existencial, piensen en un Dostoyevski. Escribir, pintar, esculpir, todas las artes representativas nos ayudan a ver y nos enriquecen. Las personas que no saben ver se reconocen por un rasgo que las distingue: caen en lugares comunes para cubrir su incapacidad para ver con ojos propios las cosas.

Veamos qué ocurre en una terapia del comportamiento clásica y en una cuyo fin es la comprensión. Podemos modificar el comportamiento de las personas, las terapias del comportamiento lo hacen, por ejemplo, podemos reprogramar a una persona para que no emplee un determinado verbo. También podemos reprogramarla para que aumente el empleo de otro. No se me ocurre ahora qué valor terapéutico tenga esta reprogramación, pero puede hacerse sin mucho esfuerzo. Podemos programar a alguien para que diga NO, de seguro que comenzará a usar el NO con mayor frecuencia, hasta cuando no le sea necesario, pues cómo dejar de emplear una nueva destreza tan asertiva. No quiero ser malo, las terapias comportamentales funcionan y son eficaces a la hora de resolver muchos problemas, pero no aportan densidad existencial.

Las terapias centradas en la “comprensión” son más lentas, pero aportan otras destrezas. Por sobre todo aporta la capacidad para pensar, y para crear representaciones en torno a las cosas que les importan a los pacientes. Aprenden a ver. De un mundo de caricaturas en el que se encontraban pasan a vivir en un mundo mucho más rico en detalles.

Cada vez que hablo o escribo con respecto a este tema me vienen a la mente los autoretratos de Rembrandt, con la inmensidad de detalles representados en sus obras. Algo similar ocurre en quien pasa por una terapia comprensiva, su mundo se enriquece y se llena de detalles. Por este motivo cuando se interroga a quienes han estado en una de estas terapias por un periodo de tiempo mayor al año acerca de los logros de la misma, muchas veces no son capaces de identificarlos, pero sí pueden decir que su vida ha cambiado, ahora es más rica, mejor.

Los epistemólogos que tanto critican al psicoanálisis no saben cómo medir este tipo de cosas. En las terapias del comportamiento resulta fácil medir la modificación de una conducta, pero el incremento de la densidad existencial no se puede medir tan fácilmente. Posiblemente porque no saben que ese es uno de los grandes logros de las terapias comprensivas. Desde fuera, puede que no se hayan producido grandes cambios observables, porque los cambios han sido en su mayoría interiores. En realidad, sí es posible medir los cambios, basta con comparar una descripción acerca de algún aspecto problemático en la existencia del paciente al comienzo de la terapia y por el que consulta y ver otra descripción al final, para notar las diferencias. Llevado al terreno de la pintura sería como comparar una caricatura al comienzo de la terapia con uno de los autoretratos de Rembrandt al final. Bueno, un poco he exagerado, pero la idea se capta a la perfección. La realidad interior, el mundo interior de la persona se hincha de densidad existencial, de comprensión, de posibilidades de gozo y disfrute.

Nos encontramos en una época donde se aprecian los logros externos y fácilmente visibles -la cultura de la apariencia-, y se descuidan, tal vez porque se desconocen, otras dimensiones de la experiencia humana, porque no hay forma de hacer ostentación de estas. Que alguien viva en un mundo más rico no hay forma de determinarlo, exteriormente no hay signos de ello, salvo para quien pueda captarlos. Puede que veamos a dos personas haciendo lo mismo, y creamos que están viviendo lo mismo, pero no es así. Este es el motivo por el que las personas no logran entenderse unas a otras, porque cuando creen hablar de las mismas cosas, no lo están haciendo.

El ejercicio de la expresión permite incrementar la densidad existencial en la vida de las personas. Una vida puede cambiar radicalmente pero no mostrar signos fácilmente medibles en su exterior. De aquí que las llamadas ciencias del espíritu deban someterse a criterios muy distintos a las que se someten ciencias como la física.

Sintetizando: el desarrollo psicológico se correlaciona con una capacidad de elaboración narrativa cada vez más compleja.


0 comentarios:

Publicar un comentario