viernes, febrero 14, 2014



La gente cree que es su Yo, que es lo que ha vivido, su historia. Si alguien me pregunta quién soy o cómo soy, consulto mi mismidad, mi memoria, lo que he vivido para poder responder. Pero siento, intuyo, que no siempre elegí vivir lo que me tocó vivir y que no siempre me reconozco en lo que he vivido. Soy más que esa historia que lleva mi nombre y por quien pueden confundirme.

Puedo aparentar ser lo que no soy, puedo vivir una vida de mentira y convencer a muchos que soy esa persona que muestro, pero en el fondo de mi ser abunda algo de lo que no siempre puedo expresar. Imaginen una persona que haya vivido en un lugar donde le han limitado enormemente el número de experiencias a tener, esa persona puede creer ser esa historia estrecha o, puede sentir que es mucho más, que es alguien que en potencia puede llegar a vivir muchas cosas que aún no ha vivido. No somos la colección de hechos históricos que nos ha tocado vivir. Pero cuando se escribe una biografía, se la rellena con esos episodios que se han sucedido cronológicamente y que para quien los ha vivido puede que sólo sean un descarte de experiencias. Nadie es su historia, la mayoría de las cosas que hemos vivido no las hemos elegido, nos cruzaron en el camino y debimos atenderlas. No somos nuestra historia. Por eso sentimos que nunca llegamos a conocer a alguien porque lo que podemos ver de esa persona en su actuar cotidiano no siempre es él o ella. Algo se escapa, algo está en potencia por realizarse, aunque puede que nunca llegue a concretarse.

Pero ese “sí mismo” que intuimos en nosotros y que se manifiesta como anhelo, intensidad, a veces nos desborda y podemos llegar a proyectarlo en el exterior. La gente se siente a sí misma y es tan intensa a veces esa sensación que cree estar habitado por una presencia divina, cuando en realidad sólo se intuye a sí misma.

Nietzsche decía que debíamos llegar a ser quien en verdad somos, porque sabía que no éramos nuestra historia, pero pocos entienden. Sartre creía que éramos lo que hacíamos, al punto de creer de que podíamos hacernos tal como quisiéramos. No, no somos lo que hacemos y no podemos hacernos de ninguna otra manera de lo que somos. Una ilusión fácil esa de creer que podemos ser distintos a lo que somos.

Esa profundidad insondable que nos habita es nuestro verdadero ser. Por este motivo en las culturas orientales la vacuidad es tan importante, porque para llegar a nuestro verdadero ser debemos vaciarnos de todo aquello que no somos, como nuestra historia, nuestros pensamientos habituales, los condicionamientos, etc.

Debemos detener nuestras actividades para sorprender a nuestro ser cuando se expresa de alguna manera. En eso consiste la meditación. Heidegger terminó asimilando la nada al ser, tal vez porque debíamos pasar por la nada para sorprender al ser infraganti y así llegar a contactarlo.

Los artistas conocen esa fuerza creativa que los nutren y guían. Muchas personas han pasado por experiencias cumbres donde el Yo se esfuma completamente y captan el ser en su plenitud, experiencias numinosas que confunden a las personas pues las que tienen formación religiosa creen encontrar la confirmación de sus creencias. Pero estas experiencias del ser se presentan en todo el mundo alguna vez en sus vidas, y cuando ocurre sus vidas cambian completamente. Son experiencias de transformación muy intensas. Si no se está preparado puede desembocar en una psicosis debido a la intensidad de las emociones involucradas.

Para terminar, repito nuevamente que no somos ese YO desvitalizado que muchas personas creen ser, ese YO condicionado fruto de una historia de vida no elegida y que no pudo evitarse vivir. Ese YO verdadero que somos se manifiesta sólo a veces en situaciones muy particulares, pero personas muy creativas, generalmente los artistas y científicos teóricos muy creativos, viven la experiencia de su ser más profundo con mayor frecuencia.

El Dios de las religiones monoteístas nace de esta autopercepción, que al no comprenderse se proyecta en el exterior imaginando así un Dios que justificara la intensidad y profundidad de la vida intuida en uno mismo. En esos momentos cumbres desaparece la noción de Yo, sólo se ES, y las cosas que nos rodean parecen reflejar una cualidad numinosa muy intensa. Los sentidos se afinan y todo parece cobrar vida.

Al crear es donde podemos sorprender a aquel quien en verdad somos, coincide con un estado de emoción extrema que disuelve, por momentos, al YO que habitualmente confundimos con nosotros mismos. El verdadero “sí mismo” se asoma, se manifiesta. En esos momentos el YO antiguo se cae. El “satori” es la experiencia buscada en el Zen y consiste precisamente en llegar a este momento de descubrimiento de nuestra verdadera naturaleza.


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