miércoles, enero 01, 2014



Un componente que se repite siempre en todo grupo religioso de algún tipo es la destrucción de la propia identidad. Algunos la llaman ego, importancia personal, lo que sea, por lo que tratan de destruirla. Así comienzan todas las supuestas iniciaciones. Por ejemplo, en el budismo se busca al Buda que todos somos, pero al buscarlo se debe perder la propia identidad. Más que buscarlo podría considerarse como una simple destrucción de la identidad y la adopción de una sustituta que se comparte con todos los miembros de la comunidad. Los ejercicios de autoflagelación de los cristianos comparten el mismo propósito: disminuirse completamente para que al estar frente a Dios sólo quede Dios y nada del individuo. Es más, una práctica frecuente es la de quitarle el nombre con el que ha vivido desde que nació en el mundo de los hombres y obligarlo a adoptar otro, posiblemente de un repertorio pequeño provisto por miembros que se han destacado en el pasado y por lo que fueron canonizados. El principio es dejar de ser quien se es para ser otro que haya destacado por su sometimiento a Dios y realizar el mito de la congregación.

A pesar de los años que he vivido no deja de asombrarme la poca capacidad para pensar de las personas. Cada vez que algún conocido se interesa por alguna religión o filosofía oriental o de cualquier otra parte del mundo lo primero que me cuenta con orgullo es su pretensión de destrucción del ego propio. Así es como voy perdiendo la confianza en la especie humana. No se da cuenta que el ego no es algo que se encuentra fuera suyo, es él, es lo que es, es su identidad. No se da cuenta que lo que pretende, si pudiera, es destruir su identidad para convertirse en uno más de la secta.

Sólo existe un motivo para que alguien necesite abandonar su identidad, destruirla: un sentimiento de culpabilidad muy intenso. Las sectas y las religiones reclutan sus miembros entre personas con un sentimiento de culpabilidad muy intenso, es más, lo promueven, han desarrollado métodos muy eficientes para incrementar este sentimiento.

Posiblemente no hayan advertido esto que acabo de expresar, habrán pensado que estas personas sólo se encontraban perdidas en el mundo y que lo que buscaban era un sentido. No, las personas que buscan un sentido a la vida, los exploradores verdaderos, no necesitan entrar en estos movimientos para uniformizar a la gente y convertirlos a todos en UNO sólo. La gente que entra a estos movimientos necesitan aplacar el sentimiento de culpabilidad y someterse a un padre castigador. Lo notan al hablar con ellos, notarán cómo viven juzgando a todo el mundo con una violencia inusitada, pero si prestan un poco más de atención verán que a través suyo no es él quien habla, sino otra u otras personas, tal vez la voz juzgadora de su padre, o la del Gurú de la secta o la del Sacerdote de la congregación. En el psicoanálisis a esta instancia se le llama superyó. La autoflagelación, la disminución de sí mismo ante una figura paterna castigadora, son formas de aliviar el sentimiento de culpa, de ahí a que no haya formas de recuperar fácilmente a estas personas de las sectas pues sólo en ellas se sienten un poco aliviados.

Claro, podrán escucharles decir que son buscadores de la verdad, pero no es cierto, porque lo que hacen es adoptar un dogma que les ofrecen y para el que le exigen fe. Yo no tengo fe en nada que no pueda comprobar de alguna manera o que me parezca razonable, ¿entonces cómo es que ellos se entregan a la fe? Si examinan la estructura del proceso psicológico de la fe descubrirán nuevamente algo muy importante: se solicita que se crea sin prueba, un puro de corazón sabe que debe aceptar el dogma. Una persona medianamente sana no aceptaría cosas que no parecieran razonables, pero con estas personas con un superyó castigador sumamente agresivo la cosa es distinta porque el Dios ocupa el lugar del superyó. Cuando el sentimiento de culpabilidad es tan elevado el mecanismo de la fe funciona, no con personas que no experimenten este sentimiento. Me podrán decir que hay personas que no experimentan este sentimiento y que igual creen. Sí, pero creen de forma distinta, son los que se crean un dios personal, los que aceptan algunas cosas y otras no, los que se inventan una religión personal. Les gusta la idea de la religión, a veces cuando tienen problemas se sienten aliviados al hablar con Dios y pedirle ayuda, aunque no les responda. Es una muletilla para sobrellevar momentos complicados de la vida.

Como también saben, las religiones y las sectas exigen sometimiento absoluto a la autoridad. Esto sólo pueden cumplirlo quienes deben luchar con un superyó castigador. Las cúpulas religiosas casi siempre apoyaron el poder del gobernante de turno. Los verdaderos buscadores poseen capacidad para pensar por sí mismos, para evaluar las cosas y explorar, no aceptan nada porque sí, no buscan un padre protector, son adultos. Se hacen su camino caminando, no renuncian a sí mismos para ocupar un lugar más en una comunidad que sólo lo reconocerá en función del grado de sometimiento. Así es como nacen las luchas en estos movimientos por ver quién se humilla y se somete más, si uno besa los pies de un mendigo el otro le lame las heridas a un leproso.

Así se mantienen unidas estas comunidades, en torno a un sentimiento de culpa enfermizo; mientras más fundamentalistas y ritualistas mayor sentimiento de culpa. Por esto es que hay que incrementarlo, la mejor forma de hacerlo es a través del celibato. No se necesita ser muy conocedor de la psicología para intuir el miedo a la castración en la prohibición de la sexualidad. Pero la tensión interna que esta prohibición provoca aumenta aún más la intensidad pulsional sádica del superyó.

Como pueden ver es un aparato muy preciso de relojería todo este sistema de control mental. Pero no fueron psicólogos quienes lo diseñaron, espontáneamente fueron apareciendo estos movimientos a lo largo de la historia de la Humanidad. Pero no en cualquier pueblo, sino que lo hicieron en pueblos sometidos, pueblos esclavos, donde sus integrantes experimentaban un sentimiento de culpabilidad muy intenso, pues los problemas insuperables pueden conducir a que quienes los padecen estén sufriendo un castigo divino por algo que han hecho, así nace el mito del pecado original. El pacto de los judíos con Dios que se selló con la circuncisión representa una castración simbólica, un sacrificio ritual para asegurar la benevolencia del Padre protector.

Sólo un sentimiento de culpabilidad muy intenso puede conducir a la separación del espíritu del cuerpo, en algunos casos a un terrible desgarramiento psicológico. Los placeres de la carne son condenados y deben ser eliminados o reducidos al mínimo para que sólo queden los del espíritu, los que el padre castigador permite, el sometimiento total, la destrucción total de toda identidad y aspiración distinta a la de someterse al Dios. Así nacen el cielo y el infierno, el infierno poblado de los impulsos de la carne que deben ser refrenados o eliminados completamente. En el cielo sólo queda la contemplación, el amor infinito al Dios o padre todopoderoso, el puro espíritu sin las solicitudes de la carne. El sometimiento total.

Para finalizar recuerdo que Heidegger decía que religión es imitación.


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