viernes, enero 25, 2013



Comentando uno de mis artículos un viejo amigo me hizo notar algo en lo que vengo pensando desde hace años: que no hay escritores tontos. La inteligencia constituye uno de los atributos humanos más valorados, no estoy seguro si se encuentra tras la belleza. Supongo que si a alguien se le preguntara antes de nacer qué atributo prefiere: ¿inteligencia o belleza? Posiblemente responda que la belleza pues la vida se le hará mucho más fácil y, pensará que la inteligencia podrá desarrollarla con el paso del tiempo y la ejercitación. Sin embargo, con el paso del tiempo se termina prefiriendo la inteligencia a la sola belleza física, especialmente si esta belleza no está acompañada de un mínimo de inteligencia.

Pero concentrémonos en la naturaleza de la inteligencia y tratemos de entender en qué consiste. Los investigadores debieron descomponer esta capacidad en sus componentes para poder entenderla y medirla. Pensaron que si podían medir cada uno de sus componentes y otorgarle algún valor numérico estadístico luego podrían hacer un promedio que les indicara cuanto valdría la inteligencia general, hasta le dieron un valor numérico a ésta. Sin embargo, el cálculo de la inteligencia tenía un propósito: poder predecir el comportamiento futuro de las personas. Si el número obtenido fuera fiable, entonces las personas con la valoración más alta serían los que obtuvieran los mayores éxitos en la vida. Pero la realidad negó esta suposición. Las personas con mayor valoración a veces llegaban a ser exitosas, especialmente en el campo académico, pero no siempre ocurría así. Los investigadores continuaron investigando para descubrir por qué fallaban a veces las personas con mayor Coeficiente Intelectual y descubrieron la llamada inteligencia emocional que lo explicaba, ya que el IQ medía las destrezas cognitivas puras pero no la capacidad para relacionarse con otras personas. Una persona muy inteligente que no sepa como relacionarse con otros, difícilmente pueda llegar muy lejos en la vida, salvo que encuentre una profesión donde pueda desarrollar sus actividades en completa soledad.

No sólo se descubrió la inteligencia emocional, descubrieron que no hay una inteligencia sino que existen múltiples inteligencias. Por ejemplo, alguien puede poseer grandes aptitudes para el dibujo y la pintura y no poseer aptitudes para el cálculo matemático. Todo esto es entendible, podemos ver un cerebro como compuesto por varios módulos especializados. La evolución procedió de esa manera, para lograr el máximo de eficiencia construyó y desarrolló módulos con funciones muy específicas, estos módulos están interconectados entre ellos y en conjunto conforman las funciones del cerebro. Una de las divisiones modulares más conocidas es la de la división del cerebro en dos mitades, la izquierda y la derecha. Cada mitad se encarga de dar soporte a funciones específicas de cada hemisferio cerebral. Pero además, cada hemisferio contiene módulos diferenciados para ciertas funciones. Podemos encontrar una analogía en la computación con múltiples procesadores donde un procesador puede encargarse de los cálculos matemáticos, otro del procesamiento de imágenes y gráficos, otro de los sonidos, etc.

Aquí es donde los primeros investigadores fallaron, pretendieron encontrar una aptitud general que dependía de módulos con diferentes grados de desarrollo. No hay forma de comparar a un matemático con un pintor. La opción, entonces, podría ser la de definir múltiples inteligencias y medirlas por separado. De esta manera sí podemos tener una idea de los talentos de una persona y podríamos predecir su comportamiento a grandes rasgos.

Pero aún nos queda la idea de una “inteligencia general” que pudiera ser hallada. Nosotros espontáneamente nos percatamos de la inteligencia de las personas. Podemos conocer a un pintor y decir que como pintor es excepcional pero no creer que sea una persona inteligente. Es más, podemos conocer a un supermatemático o un ajedrecista como Ivanchuck, que destacan en su campo pero que en el mundo de todos los días no saben ni qué día de la semana es ni donde se encuentran. Ivanchuck tenía que presentarse a una partida, se encontraba en el hall del edificio caminando mientras esperaba y de repente se abrió la puerta corrediza a la entrada del edificio, al abrirse simplemente salió a la calle y siguió caminando sin tener idea de lo que hacía hasta que alguien lo reconoció y lo paró, devolviéndolo a la partida que debía jugar. Nadie puede pensar que Ivanchuck sea una persona inteligente fuera del ajedrez, yo no le otorgaría ni un carnet para conducir.

Pero ya que me encuentro con el ajedrez, sí puedo obtener un concepto que me puede ayudar a delimitar la noción que todos tenemos espontáneamente de “inteligencia”. Un buen jugador se destaca por su capacidad para valorar cada posición. Los programas para jugar al ajedrez dependen de la valoración que puedan realizar de cada posición y traducen esa valoración en un valor numérico. Cuando decimos que sospechamos que Ivanchuck no es inteligente fuera del tablero de ajedrez es porque no es capaz de orientarse en el mundo real, no se da cuenta ni donde está, no puede realizar una valoración general de su situación fuera del tablero.

No consideramos inteligente a una persona cuando las valoraciones que realiza acerca de las cuestiones generales de la vida no son correctas. Nos encontramos muchas veces con superespecialistas en algún campo donde fuera de su campo no tienen idea de como va el mundo.

La “inteligencia general” es esa facultad de supervivencia que nos permite valorar la situación general en la que nos encontramos en el mundo en este momento. Esta valoración, como en el ajedrez, implica poder predecir a partir de la observación distintos cursos de acción con sus resultados posibles. Pero claro, si todo queda dentro de la cabeza difícilmente tendremos una idea de la inteligencia, necesitamos que esa valoración se exprese de alguna manera. En el ajedrez la valoración se expresa a través de cada movida, en la vida de todos los días la valoración de la situación se expresa a través de nuestros actos y de la exposición de motivos. Podemos intuir que alguien callado sea inteligente a partir de sus actos, pero muchas veces la libertad real de las personas no les permite hacer mucho, por lo que de los callados sólo podemos intuir que están al acecho o asustados. Las personas calladas son personas que se guardan de hablar y de relacionarse por algún motivo, desconfianza, temor, etc. Ya he escrito un artículo sobre el tema, así que no volveré a tocarlo ahora. Entonces, si no tenemos los actos que puedan indicarnos inteligencia, podemos contar con otro elemento: la expresión oral o escrita de la valoración.

Comencé el hilo de este artículo señalando el acuerdo con mi amigo acerca de que no hay escritores sin inteligencia. Pero debo matizar esta hipótesis. Los textos literarios se clasifican de muchas formas pero una de las más primarias es la de la distinción entre poesía y prosa. Aunque existe la prosa poética, ésta se distingue de la poesía pura.

Es importante realizar esta distinción debido a que quienes se inclinan por la poesía pura son personas que desean ejercitar una escritura más intimista, solitaria. El poeta representa estados emocionales, nos muestra cómo experimenta y siente las cosas, no se enfoca en la realización de valoraciones generales acerca de la vida. La poesía pura puede equipararse a la pintura o a la música. En cambio, en la prosa narrativa se describen situaciones más complejas que involucran muchas veces a más de una persona. En la novela se cuenta una vida. En la filosofía estas valoraciones encuentran su máximo refinamiento.

Quien se ejercita en la descripción de situaciones tanto generales como particulares de la vida se entrena en el arte de la valoración. (Si nos entrenamos en el dibujo de los rostros con el paso del tiempo no sólo mejoramos en el dibujo sino que aprendemos a ver los rostros) Cuando hablamos con alguien o leemos sus valoraciones acerca de la vida es cuando nos damos cuenta si tiene los pies sobre la tierra y si está bien orientado. Cuando debemos resolver un problema acudimos a las personas más centradas, las que mejor se dan cuenta de las cosas. Jamás consultaríamos a alguien que vive en las nubes o no sabe ni qué día de la semana es, por más genialidad que demuestre en matemáticas.

Esta inteligencia general es la que debería primar, pero su carencia se manifiesta en el estado actual del mundo, donde tenemos superespecialistas en muchos campos, pero vemos que cada persona con la que nos encontramos vive como si tuviera anteojeras como las que llevan los caballos para no espantarse. Lo que notamos quienes creemos ver un poco más lejos es que la mayoría de las personas son incapaces de realizar buenas valoraciones de sus situaciones vitales y de la marcha del mundo. Las terapias dialógicas pretenden promover esta capacidad, pero no siempre lo logran porque los mismos terapeutas carecen de esta habilidad.

¿Cómo desarrollar la inteligencia general consistente en la capacidad de realizar buenas valoraciones acerca de las distintas situaciones de la vida? A través del “diálogo” y sólo a través del “diálogo”.

Existe un motivo por el que la "inteligencia general" requiera del diálogo para actualizarse, y es que el pensamiento es colectivo. La mayoría cree que el pensamiento se desarrolla en nuestros cerebros particulares, pero no es así, el pensar constituye un proceso colectivo y de ahí que su medio natural sea el diálogo. Las famosas inteligencias múltiples medidas independientemente no permiten captar la capacidad del individuo para pensar colectivamente. Las personas hablan, a veces hablan todo el día pero sin llegar a dialogar verdaderamente. El símil de las anteojeras resulta perfecto para entender cómo andan las personas por la vida. En el diálogo y en la valoración de las situaciones las múltiples inteligencias se integran y coordinan para terminar manifestándose como una sola, la que me gusta llamar "inteligencia general", porque esta noción se acerca más a la noción que espontáneamente poseemos de la inteligencia.


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