martes, junio 23, 2009



Quienes me leen desde hace algunos años están acostumbrados a que presente ejemplos tomados del juego de ajedrez para ilustrar mis pensamientos. Al igual que Gary Kasparov en su último libro Como la vida imita al ajedrez, creo que los juegos de estrategia representan un aspecto muy importante de la vida.

Tanto en el ajedrez como en el GO, un rasgo que determina la habilidad de un buen jugador es su capacidad para realizar valoraciones de la posición. Supongo que muchos de ustedes conocen personas que poseen una gran inteligencia para algunas cosas pero donde esa inteligencia no se refleja en el estado total de su vida. Un matemático puede elevarse a niveles insospechados en sus abstracciones matemáticas pero no ser capaz de percatarse que lleva los cordones de los zapatos desatados y pisárselos a cada rato provocando una caída tonta. Un filósofo puede hablarnos por horas acerca del SER y la NADA presentándonos argumentos increíblemente complejos y al rato mostrarnos que no es capaz de distinguir una gallina de un pato. Podría extenderme por horas en ejemplos como estos pero lo importante a destacar es que existen personas que poseen una gran inteligencia para algunas cosas pero que en el vivir cotidiano o fuera del área de manifestación de la inteligencia de la que hace gala parece ser un tonto. Un ejemplo claro de lo que digo se dio cuando algunos investigadores descubrieron que las personas que poseían un mayor Coeficiente Intelectual en sus estudios universitarios no eran necesariamente quienes más adelante destacaban en sus vidas ni en sus carreras, por lo que debieron desarrollar el concepto de inteligencia emocional, concepto que medía las aptitudes de las personas para su relacionamiento, aptitud a veces más importante que la inteligencia requerida para resolver problemas abstractos.

Kasparov fue el más grande jugador de ajedrez, pero además fue uno de los más grandes estrategas ajedrecísticos, pues logró posicionarse como el mejor jugador sin ponerse en riesgo como lo han hecho otros jugadores de perder Elo arriesgándose en partidas reales de campeonato. Digamos que su gran habilidad consistió en elegir los desafíos que podía ganar y mejorar su imagen y rechazaba los que lo colocaran en riesgo de perder Elo y donde poco ganara con ganar. Su riqueza proviene de lo obtenido en los enfrentamientos que tuvo en la arena ajedrecística, pero también y más aún, en la venta de publicidad con su imagen. Por ejemplo, una de sus últimas empresas se encarga de vender tableros y juegos de ajedrez Kasparov, que poseen la característica que la altura de las piezas se encuentra en relación con el valor de la pieza en el juego. Así la torre es más alta que el alfil y el alfil más alto que el caballo.

Muchos recordarán la historia de Boby Fisher, tal vez el más grande jugador de todos los tiempos, con una inteligencia superior a la de Einstein, pero que fuera del terreno ajedrecístico parecía un niño de 7 años incapaz de resolver los problemas menos complicados de la existencia.

En ciencias podemos encontrarnos con los investigadores más diversos, grandes investigadores en matemáticas, semiconductores, algoritmos de programación, etc. Pero probablemente estos investigadores no sean grandes realizadores, en cambio, tenemos el perfil del ingeniero formado en todas estas áreas pero que debe realizar una obra. El perfil de ingeniero es integrador de muchas disciplinas, es creador. Debe tomar elementos de muchas disciplinas e integrarlas creativamente en la obra que desee realizar.

En el terreno del ajedrez, como ocurre con muchos deportes, se encuentran los analistas capaces de encontrar las variantes más ocurrentes que imaginarse pueda, pero que a la hora de jugar su fuerza de juego no supera la de un aprendiz adelantado.

¿Qué falla con estos analistas, qué les falta para igualar a un campeón de ajedrez? ¿Qué le falta al investigador científico que posee una destreza increíble para arrancarle sus más tenaces secretos a la naturaleza pero que puede que sea incapaz de crear una obra compleja? Lo que les falta a estos expertos parciales es algo que en ajedrez y en el GO se le conoce por capacidad para valorar una posición o situación.

Esa aptitud que se llama intuición y que descubrimos en algunas personas, una especie de comprensión total de una situación, una especie de comprensión inconsciente, porque el sujeto sólo se da cuenta de las cosas con un golpe de vista, golpe de vista que le permite orientarse en la situación, es la aptitud que hace la diferencia. Esa intuición depende de la experiencia, un jugador de ajedrez va desarrollando su capacidad para valorar las distintas posiciones de juego a partir de mucho jugar. En cambio, el analista que parece poseer tanta inteligencia para comentarnos un juego y darnos a conocer todo lo que el mismo jugador no vio, desarrolló su destreza para el análisis a partir del análisis de partidas y no tanto por jugarlas.

Esto puede explicarnos por qué un filósofo puede parecernos un gran conocedor de la vida con sus impresionantes análisis y no ser capaz de resolver los problemas cotidianos. Se aprende algo a través del análisis pero se aprende más jugando al ajedrez. Se aprende algo analizando las situaciones existenciales, pero más se aprende viviendo, porque al vivir se desarrolla la aptitud inconsciente para valorar las distintas situaciones.

La capacidad para abstraer es esencial para desarrollar la aptitud de realizar valoraciones complejas de situación, pero cuando esa capacidad está acompañada de la experiencia, pero cuando no lo está esa capacidad para abstraer tiene el efecto inverso, la de confundir y perder al pensador en laberintos infinitos, como ocurría con Borges, debido a que esa capacidad no ha sido nutrida con el material vital imprescindible para permitirle brillar con eficacia real. La abstracción es imprescindible para despegarnos del momento y para proyectarnos en un eje temporal, pero si no está enraizada en una rica experiencia puede ser contraproducente, las filosofías más ridículas se han construido con grandes argumentos y poca experiencia. Claro, sin capacidad para la abstracción no podemos procesar eficazmente nuestra experiencia.

En síntesis: valorar una situación implica poder captar todos los elementos que la componen junto con nuestras posibilidades de realización y ponderar así, las mejores líneas de acción.

El charlatán es aquel para quien todos los caminos son posibles y aparentemente con igual dificultad, pero con dificultad mínima. Para ser más claro, el charlatán es aquel para quien todo es posible y casi sin esfuerzo. Le llegan infinidad de ideas ante cualquier asunto, curiosamente se queda sin ideas ante sus propios problemas. Claro, es entendible, siempre es más fácil arreglarle la vida a los demás.

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Un amigo me hizo un comentario a este artículo y yo le respondí:

Así es, mi estimado amigo!

En muchas empresas se contratan a grandes Asesores para que hagan un diagnóstico de la empresa y que desarrollen un plan para solucionar los problemas por los que se les consulta. Los Asesores realizan el diagnóstico y venden una solución, la empresa lo aplica, si sale bien es gracias al Asesor si sale mal es culpa de la empresa que no siguió al pie de la letra con los lineamientos sugeridos.

Ahora bien, algunas empresas van más lejos en lugar de contratar un Asesor o a una empresa de asesoramiento contratan directamente al Asesor para que se convierta, por ejemplo, en el gerente de Recursos Humanos o de Planificación Estratégica, de forma que no sólo asesore sino que además lidere el cambio esperado. Bueno, aquí es cuando se presentan los problemas, ese asesor como Gerente de RRHH o de PE resulta ser un completo inútil.

En mi país hace algunos años contrataron como Ministro de Educación a uno de los expertos regionales más reconocidos, asesor de aquí, asesor de más allá, analista de problemas de educación, etc., etc., etc. Todos pensamos que así tendríamos un superministro que lideraría los cambios relacionados con la educación, y, para asombro de todos, fue un completo inútil que no supo resolver los problemas más sencillos.

Tenemos el caso de los psicólogos, personas encargadas de ayudar a que las personas solucionen los problemas de sus vidas, pero donde ellos mismos no son capaces de solucionar los propios.

Todo esto tiene su explicación, cuando abstraemos una situación y la examinamos desde todos los ángulos posibles se nos aparecen cantidad de caminos a seguir, los más extravagantes son los preferidos debido a que así es cómo un pensador se muestra más ocurrente. Ese pensador se puede llegar a vanagloriar de poder encontrar en teoría soluciones que otros no ven, pero no se da cuenta que si los que están trabajando en la situación no la ven es por algo, y no porque no se les ocurre verla, sino porque reconocen al toque que no pueden llevarla a cabo.

El jugador de ajedrez no explora todas las posibilidades, intuitivamente reconoce a golpe de vista las líneas que mejor pueden llevarlo al triunfo y descarta sin analizar las que considera poco viables.

Posiblemente sea por estos motivos por los que en el campo del arte los críticos sean tan criticados, y en otras áreas los grandes analistas sean considerados como simples charlatanes, porque el rasgo común en el charlatán parece consistir, no en una falta de lógica y razón argumentativa perfecta, sino la incapacidad de valorar la viabilidad de las soluciones. Le falta ese sentido común tan criticado, pero que es el olfato con el que los grandes realizadores hacen lo que otros no pueden hacer: elegir el camino correcto.

A todo esto, como bien decís, existen muchas inteligencias y destrezas posibles en el hombre, cosa que hoy se estudian como inteligencias múltiples, dónde esas inteligencias se manifiestan muy elevadas por separado pero donde el poseedor a veces no puede integrar en la realización de una tarea.

Como el director de orquesta encargado de coordinar a tantos músicos e instrumentos distintos en la realización de una obra sinfónica, el realizador debe ser capaz de integrar todas sus destrezas en la realización de su obra.


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