martes, marzo 25, 2014



Yo entiendo a la filosofía como un ejercicio de escritura durante el cual, a veces, me sorprendo descubriendo verdades que ignoraba saber. Por ello descreo de la lectura compulsiva como medio para acceder al conocimiento filosófico cuando no va acompañada de la escritura. Escritura que no consista en el comentario de textos. Claro, muchos textos filosóficos regidos por reglas de presentación formales muy técnicas, carecen de ese componente esencial a toda obra humana: la voz propia. Mientras más se asemeja un texto filosófico al ideal normativo, menos verdad contendrá, pues toda verdad descansa en un acto de descubrimiento y posee valor mientras duran aún los fuegos artificiales de la sorpresa. Luego, cuando esa verdad se fija y normaliza para comenzar a circular por el mundo académico se convierte en simple información, teoría, o anécdota. Desgraciadamente, no pocos creen que la verdad descansa en la comprobación repetitiva, porque han perdido un rasgo esencial a todo saber: la capacidad para distinguir la verdad. A falta de esta capacidad deben someter toda pretensión de verdad a pruebas sistemáticas, que más que comprobar eliminan como verdad todo aquello que no pueda pesarse o adjudicársele un número.


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