domingo, diciembre 01, 2013



No pocas veces he escrito acerca de alcanzar la “voz propia” para comenzar el camino del arte, condición fundamental en todo ejercicio artístico, pues sin esta condición sólo nos encontraríamos en lo que Tolstoi llama “falso arte”. El arte falso es el que se compone a partir de la imitación, de formulas que alguna vez funcionaron. El arte verdadero es aquel que surge a partir de intensas emociones. Quien crea arte falso, generalmente para vender, no experimenta emociones intensas, lo vemos en la poesía cursi, pura sensiblería que no conmueve a nadie. En el cine lo vemos en las películas llamadas comerciales, un conjunto de efectos perfectamente calculados para entretener a los espectadores.

No tiene nada de malo que se cree falso arte para vender con el único propósito de entretener, es más, a veces, algunas de estas producciones alcanzan niveles aceptables y se convierten en obras de culto. Ocurre cuando el creador es talentoso. Siguiendo a Tolstoi, este talento permite fraguar obras efectivas sin verdadero contenido artístico. Ese talento lo captamos en personas que escriben bien, sentimos que son ocurrentes y que tienen una bonita prosa que puede deleitarnos, sin transmitir contenidos reales que puedan conmovernos. Estos talentosos de la apariencia se encuentran tras la mayoría de las obras comerciales. Pero notamos, sin grandes dificultades, que tras estos juegos escénicos no encontramos nada que nos conmueva, son obras que corren por el carril de lo previsible, algún efecto bonito, y nada más. En el cine, la firma de Christopher Nolan nos asegura que nos encontraremos tras filmes de calidad inusual, porque sin duda este señor posee estilo propio, aquello que llamo “voz propia”. Voz propia que podemos encontrar en creadores como Alfred Hitchcock, etc. Con un estilo personal muy marcado.

El estilo propio no se alcanza a voluntad, se posee cuando fuertes emociones nos gobiernan otorgándole una especie de unidad a nuestro obrar y andar por el mundo. La voz propia descansa en estas emociones que se traducen en un “impulso expresivo”, en una necesidad imperiosa por dar nuestra versión de las cosas. Hay personas que necesitan expresarse, otras no. Esta necesidad se manifiesta cuando nos embargan intensas emociones.

El impulso expresivo no lo manifiestan todos, sólo unos pocos. Algunas veces las personas necesitan expresarse, ocurre cuando han sido perjudicados, cuando están enamorados, cuando sólo necesitan descargar una fuerte tensión interior y quieren ser escuchados, pero pasado ese momento desaparece la necesidad de expresarse. En cambio, hay otros, unos pocos, que están animados por el impulso expresivo, tal vez porque han descubierto su talento para ello. Necesitan crear y expresarse. Estas pocas personas son las que pueden terminar convirtiéndose en artistas verdaderos.

La voz propia se alcanza sólo cuando se está animado por un fuerte impulso expresivo. Vemos muchos actores sociales que a veces nos importunan con grandes piezas oratorias, pero que no nos llegan por caer en lugares comunes. Pocos discursos sindicalistas merecen estar en algún museo artístico. Mucha emoción panfletaria, mismos párrafos orales que se repiten una y otra vez en boca de todos, nada de originalidad. Una simple apelación a las más bajas emociones. El lugar común lo frecuentan los falsos artistas, aquellos que sólo buscan un beneficio inmediato, generalmente económico, y nada más.

La voz propia implica un fuerte impulso artístico y la necesidad de exponer una visión propia y original de las cosas, el artista verdadero explora aquello que lo hace único, no lo que lo iguala a todos. Ser reconocido por lo que nos otorga una identidad bien definida es el camino del artista verdadero. La mediocridad, en cambio, es el camino de quienes sólo buscan un beneficio de algún tipo, pero que no tienen nada para decir y no les importa eso, por lo que arman una obra que sólo aparenta expresar algún mensaje.

Mensaje y sentido real animan las verdaderas obras. Las malas obras se reconocen, también, porque no tienen sentido.


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