sábado, mayo 11, 2013



Frecuentemente se compara a la filosofía con la ciencia, yo mismo lo he hecho, es más, este texto que aún no sé a donde llegará pretende establecer alguna diferencia entre ambas actividades. No está mal buscarlas pues ayuda a desarrollar el pensamiento. Con el paso del tiempo se va formando en mi una idea acerca de lo que hoy aporta la filosofía, al menos de una de sus aportaciones.

La ciencia pretende conocer nuestro Universo con un criterio utilitarista, esto quiere decir que pretende controlarlo y, precisamente el logro del control y la predicción se convierten en criterios de validación. Casi todo el mundo tiene una idea clara acerca del fin de la ciencia, por lo que se hace innecesario profundizar en su definición, en cambio, con la filosofía no ocurre lo mismo pues hay que responder a la siguiente pregunta: ¿si la filosofía busca algún tipo de saber, qué diferenciaría a su saber del saber científico?


No resulta fácil responder debido a que si en verdad existiera una diferencia en la forma de conocer entonces el conocimiento científico correría por una cuerda distinta y no es así. La investigación científica no se encuentra divorciada de la filosofía ya que los filósofos hacen uso de este saber en sus investigaciones. Para entender entonces la diferencia es necesario prestar atención a otro fenómeno que se ignora: la función de la explicación en la formación de la idea acerca del objeto que se explica.

Tendemos a pensar que una explicación o una teoría acerca de un objeto sólo refleja al objeto y nada más, que puede ser más o menos precisa, pero que no tiene mayor incidencia en la idea que nos formamos. Pero no es así, especialmente en objetos complejos y de difícil formulación en conceptos.

Un ejemplo puede ayudar a entender. ¿En qué consiste el miedo? Una definición simple podría consistir en decir que el miedo consiste en una respuesta biológica que se presenta ante un peligro que puede amenazar nuestras vidas o provocarnos un gran dolor. Esta respuesta puede conducir a la evitación del objeto o a la destrucción del objeto amenazante. Puede mejorarse la definición pero posiblemente las definiciones que podemos encontrar en un manual de psicología se parezcan a ésta. Como todos sabemos intuitivamente qué es el miedo entendemos la explicación y para la ciencia puede bastar esa explicación. Sin embargo, esa explicación no nos muestra el miedo. Si les pregunto ¿qué es el miedo?, para responderme recordarán episodios donde han estado asustados, tal vez acudan también a noticias, películas, historias de amigos, etc., para formarse una idea. Pedro recuerda cuando lo asaltaron y le colocaron un revolver en la sien, María recuerda cuando se le escapó el carrito en el que llevaba a su bebé y un auto frenó encima. Experiencias muy distintas y que ilustran en qué consiste el miedo. Pero como habrán notado, tanto Pedro como María pensaban en experiencias distintas y sólo nos daríamos cuenta de ello si nos las relataran. Podemos hablar acerca del miedo, del amor, de la carestía de la vida con otras personas y al hacerlo estar pensando en cosas completamente distintas, pero entendernos a la perfección. Una vez que entendemos en qué consiste el miedo podemos reconocerlo cuando se presenta en nosotros o en otras personas, aún cuando se presente en situaciones nuevas no anticipadas por nosotros. Sin embargo, si sólo tuviéramos la explicación del manual de psicología podría resultar más difícil reconocerlo, por suerte todos hemos tenido la experiencia por lo que nos resulta fácil reconocerla.

Las explicaciones científicas no buscan mostrarnos al objeto, buscan captar su estructura a los efectos de poder actuar sobre éste. La filosofía durante mucho tiempo también trató de hacer lo mismo, pero descubrió que no es suficiente con ello. Descubrió que la forma empleada para dar cuenta del objeto crea una experiencia del mismo muy particular, digamos que ilumina al objeto desde cierto ángulo, por lo que cabría buscar otros caminos complementarios para obtener experiencias más ricas del objeto. Los oradores lo han sabido siempre, saben que no basta con contar algo, es necesario contar de cierta manera para generar una respuesta esperada. Un orador que busque movilizar a las masas tratará de generar indignación y construirá su relato para ello. Dirá la verdad, pero la dirá de forma tal de lograr su propósito.

A través de la forma se construye una experiencia muy particular del objeto que se quiere mostrar. Una construcción hábil nos sorprende y nos obliga a ver, nos despierta del sueño del simple reconocimiento. Muchas veces contemplamos sin ver hasta que alguien hábil nos obliga a hacerlo despertándonos del sueño de la vigilia en el que creemos estar despiertos sin estarlo realmente.

Un filósofo de verdad es aquel que posee la suficiente destreza dialéctica para mostrarnos durante su oratoria o texto escrito al objeto del que habla o escribe. Nos seduce, nos encanta, atrapa nuestra atención y nos conduce por el puente de sus palabras a una experiencia nueva de lo que muchas veces ya creíamos conocer. Al hacerlo nos demuestra dos cosas, la primera es la nueva forma de ver, la segunda y más importante, que muchas veces creemos que sólo existe una manera de experimentar un objeto cuando no es así. Al demostrarnos esto se produce una apertura hacia nuevas experiencias. Las personas comunes creen haberlo experimentado todo en sus vidas, que ya no puede caber la novedad para ellos, se encierran en un capullo con el que están en contacto en lugar de contactar con el mundo real. En este momento pienso en el cine comercial, en ese cine de fórmula que entretiene durante unas horas y que olvidamos unas horas después, comparado con el cine que nos deja huellas, a veces para toda la vida. En la buena filosofía buscamos inspiración, ideas. Claro, es tan difícil encontrarla como lo es encontrar una película de calidad. Cuando leo textos filosóficos de mala calidad tengo la misma sensación que me provocan las películas de corte comercial. La imitación de fórmulas para aparentar un falso contenido.

La verdadera filosofía muestra la realidad, provoca una experiencia creativa de la misma, la ciencia en cambio no busca eso, busca una fórmula que permita operar sobre ella. El cine comercial te entretiene y te olvidas de lo visto 3 horas después, el cine de calidad te conmueve y te cambia. La ciencia te da un conocimiento utilitario sobre las cosas, la verdadera filosofía te conmueve y te transforma de manera duradera. La mala filosofía te ofrece un conjunto de argumentos y formas que podrás emplear para mostrarte inteligente, ocurrente, es más, hasta puede aumentar tu poder dialéctico, podrás seducir con esta a chicas rubias sin seso pero con mucho sexo, pero nada más. Para muchos vivir en este nivel es más que suficiente. La mayoría se conforma con aparentar, pocos aspiran a ser. Pero sólo siendo nos revelamos a nosotros mismos y se nos revelan las cosas. Viviendo en la inautenticidad el mundo queda escondido,

Necesitan de la prueba argumental quienes no tienen acceso a la experiencia real de las cosas. Quien busca la prueba confiesa no tener la experiencia.

Un filósofo de verdad sabe que la verdad asoma entre las grietas de su discurso, sólo un oído despierto la puede escuchar. De aquí a que se expresa manteniendo el contacto interior con lo que quiera mostrar para que el objeto encuentre la forma de hacerse escuchar durante el discurso.

La actividad de un filósofo de verdad se acerca hoy más al arte que a la ciencia, nos muestra cómo ve al mundo, nos pinta con palabras sus experiencias de las cosas. Mientras más original sea esta visión mayor será la inspiración que nos provea. El verdadero filósofo conoce el conjunto de evocaciones y asociaciones emocionales que genera cada término de su discurso y emplea este fenómeno para su propósito expresivo. De aquí a que la filosofía hoy se debería acercar más a la poesía que al discurso aburrido de los constructores de conceptos asépticos.

La vieja filosofía nos ofrecía una caricatura de la realidad, muchas veces aburrida, la nueva filosofía debería ser más colorida y realista, más rica en notas expresivas.

Pienso en Borges en este momento y su extraordinario dominio del lenguaje escrito, esas magníficas sutilezas, giros, paradas, a veces algo rebuscadas pero que expresaban una riqueza de contenidos que sólo él podía crear. Un filósofo debe tener un dominio similar de la escritura o de la oralidad. Los primeros filósofos griegos como Heráclito poseían esta destreza y podían comunicar con sus textos infinitas resonancias afectivas que provocaban las experiencias inefables que deseaba comunicar. Hay que saber explotar la polisemia del texto para recrear una y otra vez la experiencia en toda su riqueza existencial.


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