lunes, octubre 02, 2017



Cada vez que alguien quiere convencerme de que existe alguna cualidad en el hombre que lo distingue de los animales me resisto a aceptarlo. Muchos sostienen que aquello que nos distingue es la inteligencia. Pero no lo acepto porque nos diferenciamos en cuestión de grado, nada más. Hay especies que tienen cultura como nosotros, hay especies que emplean herramientas, todas las especies disponen de alguna forma de lenguaje (hasta los árboles se comunican a través de señales químicas), hay especies que poseen un alto grado de abstracción siendo capaces, no sólo de manejar conceptos sino símbolos. La inteligencia que poseemos sólo se diferencia de la de las especies inferiores en grado. Pero sí hay algo que puede ser sólo humano: el deseo.

Todas las especies poseen apetencias y necesidades que satisfacer, pero el deseo es un componente humano y sólo humano. Claro, puedo equivocarme, pero no es posible concebir el deseo en las especies inferiores, pues parecen actuar sólo bajo el signo de la necesidad. Pero el deseo humano no tiene objeto. Algunos filósofos y psicoanalistas franceses apoyados en la “Fenomenología del Espíritu” de Hegel han sostenido cosas como que: el deseo es el deseo de ser deseado. En la obra de Hegel hay un capítulo que trata sobre la dialéctica del amo y el esclavo, donde se transmite la idea de que el amo está preso del esclavo porque lo necesita para ser reconocido en su ser. Sin duda que la energía que alimenta todo deseo nace del narcisismo o de la necesidad de ser reconocido. Sin embargo, este componente de búsqueda de reconocimiento no explica la naturaleza completa del deseo. Otra idea manejada por los psicoanalistas lacanianos es la de que el deseo no tiene objeto. Esta idea sí me parece más acertada, porque creo que todos la hemos vivido de alguna manera. Hemos perseguido algo que deseamos, pero al alcanzarlo descubrimos que no nos llena tal como habíamos anticipado. Posiblemente ni siquiera hayamos anticipado algo. Perseguimos algo sin saber porqué, sólo necesitamos hacerlo. El camino se vuelve más importante que la meta. Pero además, el deseo mantiene esclavizadas a las personas de forma tal que la razón queda completamente anulada. Tenemos dos ejemplos concretos, uno de hace cerca de un año y otro de hace un día. El Brexit en el Reino Unido y el Referéndum independentista catalán. El Brexit es uno de los mayores errores políticos del Reino Unido, no hay forma de explicar qué movió a esa gente a votarlo, al punto de que ahora no saben como llevarlo adelante. Pero un fuerte deseo nacionalista los llevó a embarcarse en el peor error histórico de sus vidas. Lo mismo pasa con el independentismo catalán, el nacionalismo exacerbado los empuja en una dirección, que alcanzada los conduciría al peor escenario posible para ellos. Pero el deseo ha tomado el control sobre esta gente y nada puede detenerlo, es más, tratar de detenerlo sólo lo fortalecería.

Pero así actúa el deseo en el hombre. Los hindúes persiguen la extinción del deseo considerándolo el culpable de todos los males de la humanidad. Pero sin deseo, morimos. Lo podemos apreciar en los grandes maestros hindúes, que parecen estar muertos en vida. Claro, algunos dicen experimentar una intensa felicidad fruto de la autorrealización. Pero creo que una felicidad vacía es un sinsentido.  Pero sí, las religiones nacidas en la India buscan la extinción del deseo y la muerte para detener la rueda de las reencarnaciones. Los hindúes no la han tenido fácil en su historia, que buscaran alguna forma de escapar de la vida puede entenderse. Curiosamente, sólo es posible perseguir algo así cuando el deseo se engancha en la idea de la muerte del deseo.

El deseo en esencia no tiene objeto, pero tratará de engancharse en objetos razonables. Cuando alguien persigue el dinero no decimos que el deseo lo mueve sino que es alguien ambicioso. El amor es, muchas veces, deseo concentrado.

Cuando el deseo se engancha a cosas reales, puede extinguirse al alcanzar aquello que busca y quedar en evidencia la esencia del deseo, en estos casos comienza a debilitarse al llenarse de realismo. Pero algunos han encontrado una forma de mantener el deseo vivo por siempre, la formula es muy sencilla: engancharlo a objetos fuera de este mundo. El gran éxito de las religiones pasa por haber encontrado la forma de enganchar el deseo en cosas fuera de este mundo, al resultar inalcanzables el deseo no puede sufrir el desgaste de la realidad.

¿Por qué la naturaleza ha puesto el deseo en nosotros? Porque sin éste la humanidad entera podía desaparecer. La mayor inteligencia nos brindó una ventaja adaptativa, pero también un terrible problema: la conciencia de nosotros mismos. Algunas especies inferiores poseen también autoconciencia, hasta pueden reconocerse en un espejo, pero en el hombre es demasiado aguda. Esto acarrea un gran problema. Camus, el filósofo existencialista dijo alguna vez que el verdadero y único problema de la filosofía era el de decidir si debíamos seguir vivos o suicidarnos. Posiblemente el pueblo que más ha desarrollado la mente parece haber sido el hindú, y justo ellos con esa gran autoconciencia o despertar, son los que defienden el morir en vida extinguiendo el deseo.

La autoconciencia puede resultar muy dolorosa, porque al despertar de las falsas ilusiones que sostienen la vida de la mayoría de las personas, se cae en un nihilismo difícil de sobrellevar. Posiblemente el número de suicidios en personas inteligentes sea muy elevado. Es más, muchos grandes filósofos han muerto así. Especialmente en Francia, la cuna del existencialismo.

Es un hecho comprobado de que la inteligencia no abunda en este mundo. Habría que preguntarse el motivo. Poseemos un grado de inteligencia tecnológico que nos permite adaptarnos mejor que el resto de las especies, al punto de habernos convertido en una plaga planetaria, sin embargo, como lo hemos visto en los ejemplos que he puesto de nacionalismo extremo, la irracionalidad domina al hombre. Es que si no fuera así, podríamos terminar suicidándonos como parecen querer los viejos hindúes. Si no existiera el deseo para arrancarnos de nosotros mismos y engancharnos en objetivos externos, muchos de ellos colectivos, no nos moveríamos por nada.

Cuando un grupo de personas están dominadas por un deseo se vuelven completamente irracionales. Lo vemos en los fundamentalismos religiosos y políticos de todo tipo. Las personas inteligentes con capacidad para pensar por sí mismos, quedan excluidos de estos movimientos y de casi todo. Pensar por uno mismo implica hacerlo en contra del grupo, que generalmente sostiene principios irracionales como fundamento. A veces son buenos estos principios, pero ello no quita que sean irracionales en su esencia. La democracia parece ser un principio bueno, pero consiste en un sistema de gobierno donde los menos inteligentes determinan el futuro de los pueblos. No voy a decir que haya que acabar con la democracia, pero como puedo pensar por mi mismo y me importa poco cómo caigan mis palabras, sí me atrevo a decir que hay que mejorarla de alguna manera, una de las mejores formas de hacerlo es con una excelente educación y, enseñando a pensar por uno mismo en lugar de adoctrinar, como ocurre en países con fuerte tendencia nacionalista.

En fin, creo que la naturaleza nos dio inteligencia para sobrevivir, pero como se le fue la mano nos dio el deseo para neutralizarla. Siempre que nos encontremos bajo el dominio del deseo podemos estar seguros de que nuestra inteligencia estará bloqueada. Pero sin deseo, podemos terminar muertos en vida. Encontrar el justo equilibrio resulta muy difícil, lo que explica el dolor de vivir de tantas personas.

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