sábado, noviembre 02, 2013



He dicho alguna vez que saber y poner en palabras ese saber son dos cosas distintas. Error que sostenía Sócrates con sus interrogatorios a quienes sabían sobre ciertas cosas. Demostraba que quienes decían saber no podían exponer claramente su saber en palabras y, tomaba este hecho como prueba de que no sabían. Error, lo que no sabían era definir su saber. Sin embargo, el filósofo sí debe ser capaz de saber y de saber decir lo que sabe. Debe poder poner en palabras su saber. Difícilmente pueda decirse de un pensador que no sea claro que sabe, ya que su tarea como pensador consiste en encontrar el camino para expresar su saber en palabras, y debe ser en palabras. Este es el ámbito artístico de la filosofía. Agrego que mientras más importante sea este saber, más tiende el pensador a expresarse poéticamente. El motivo se debe a que debe emplear las palabras para contener emociones muy intensas. No son pocos los filósofos con grandes cualidades literarias.

También he dicho que quitarle la palabra a las personas puede enfermarlas. El valor curativo del arte muchas veces consiste en prestarle a las personas las palabras necesarias para expresar su sentir. Bueno, esta es la tarea más importante de una filosofía; prestar las palabras que permitan pensar aquello que, por escurridizo, se resiste a ser puesto en palabras, al menos para quienes no tienen un buen dominio sobre éstas y que no pueden pensar con suficiente claridad.

De esta manera pretendo destacar que esas formulaciones escolares de las cuestiones filosóficas que llegan a través de esquemas bien tabulados, con muchas clasificaciones, tienen muy poco de filosofía real. Posiblemente quien se exprese así o no sabe o aún no ha madurado suficientemente su saber como para expresarlo con mayor corrección.

De esta manera pretendo decir que el valor de un texto se encuentra en su unidad emocional más que lógica. También sostengo que los textos académicos armados con muchas citas con la pretensión de rigurosidad intelectual, no pasan de ser simples colchas de retazos. Las verdades verdaderas no se alcanzan uniendo pedazos de verdades, un único impulso debe sostenerlas, cuando se pierde ese impulso es cuando se recurre a la trampita de la colcha de retazos como bien lo ilustró Sokal con su libro “Imposturas intelectuales”.


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