martes, enero 29, 2013



Cuando tratamos de expresar una verdad la consultamos continuamente en nuestro interior para tratar de representarla lo más fielmente posible. Por este motivo es correcto decir que poseemos una verdad acerca de un objeto concreto. Sin embargo, esa verdad o idea que nos formamos, a veces no es precisa, sólo se da como un sentimiento, una sensación corporal débil. Gabriel Marcel escribía que las cosas se nos presentan primero como una sensación difusa, luego se van dando con mayor claridad. Al decir “idea” muchos, especialmente los racionalistas-intelectualistas, suponen en primera instancia un proceso intelectual, pero no es así, es un proceso organísmico, esto quiere decir que sentimos con todo el cuerpo y nos formamos la idea con todo nuestro cuerpo. Cuando consultamos la idea de una novia no nos llega una imagen intelectual de ella, nos llegan infinidad de sensaciones que se dan en torno a ella, la mayoría corporales. Ante su idea experimento una gran cantidad de sensaciones corporales que me la recuerdan. Pensamos con todo el cuerpo.

Existen dos momentos plenamente diferenciados en la formación de un idea acerca de algo, durante el primer momento la idea se nos aparece difusa, nos cuesta fijarla, se da como sensación o sentimiento. Cuando tratamos de definirla podemos alcanzar la certeza. Una verdad acompañada de certeza interior es lo que consideramos una real verdad. Podemos definir al necio como aquel sujeto que posee certeza acerca de todas sus ideas, aún de aquellas de las que apenas puede dar cuenta pasando olímpicamente sobre las contradicciones de su discurso.

La verdad no descansa en el rigor lógico de los argumentos, descansa en la certeza que alcanzamos cuando nos formamos la idea. Habrán notado este fenómeno: poseen un conocimiento intelectual acerca de algún objeto y pueden transmitirlo, de seguro que lo harán bien y hasta pueden convencer a alguien acerca de la verdad lógica de lo que dicen, pero no transmiten certeza. Luego de transmitir esta idea muchas veces, un día experimentan un fuerte insight, una comprensión fulminante, se dan cuenta con todo su cuerpo de la certeza de la idea como si se dieran cuenta por primera vez de ella. Un fuerte relámpago de comprensión que produjo la certeza que no se poseía hasta ese momento.

Poseemos mucho conocimiento que nos ha llegado a través de infinitas fuentes, pero poseemos pocas certezas. Sólo conocemos algo cuando experimentamos certeza. Porque la certeza revela un conocimiento total, con todo nuestro cuerpo.

Debo destacar que a veces se nos dan certezas pobres, por lo que no nos jugamos mucho por esas verdades, sólo constituyen hipótesis para guiarnos, pero esperando confirmarlas.

Poseer una certeza profunda, de esas que nos conmueven, no garantiza estar en la verdad, pero es lo más cerca que podemos estar de ella. Puede ocurrir que con el paso del tiempo descubramos que estábamos equivocados. No importa, así es como progresamos en el conocimiento del mundo.

A veces nos encontramos con eruditos, personas que parecen poseer grandes cantidades de información acerca de todo, pero que expresan un saber tibio, pobre en certezas, que un día pueden decir una cosa y al otro otra. Gente que lee y lee y se llena de información pero que no sabe nada. No transmiten certezas profundas en lo que dicen, sólo la intención de tratar de impresionarnos con la ostentación de un saber enciclopédico.

Debo destacar que la fuente de nuestras certezas se encuentra en nuestras experiencias de vida. Tal vez por este motivo los eruditos carezcan de certezas pues sólo cuentan con información y el frío intelecto anclado en sí mismo antes que en el cuerpo. Este fenómeno se nota al expresarse, lo hacen sólo con la boca y algunos falsos gestos para transmitir algo de convicción, pero el cuerpo no los acompaña, no hay emoción, no hay congruencia, a veces la boca dice una cosa y el cuerpo lo niega. Tras cada gran certeza se encuentra todo nuestro ser manifestándose como una unidad indivisible.

Para terminar: la verdad la construimos nosotros en nuestro interior. Mientras más trabajemos con ella, mientras más la cultivemos y la manifestemos, más crecerá hasta que se nos escape del cuerpo y alguien más pueda atraparla y hacerla suya. Es lo que ocurre con las grandes Obras de la Humanidad: porciones de vida y cuerpo que se han separado del cuerpo del creador para vivir por sí solas y poder ser incorporadas por quienes están en condiciones de continuarlas de alguna manera. Luego que una idea se lanza ésta cobra vida y continuará por siempre circulando entre los hombres.


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