sábado, mayo 26, 2018



Es bien sabido el odio de los filósofos por la ciencia, al punto de tratar de descalificarla cada vez que pueden. Odio muy entendible debido al desprestigio en el que ha caído la filosofía actual. Hace unos días inicié un debate sobre el concepto de ideología en un grupo de Facebook, alguien que no tenía idea acerca de lo que escribía hizo lo que frecuentemente hacen aquellos que no han cultivado la voz propia, o la capacidad para desarrollar un pensamiento y expresarlo con claridad, pegó una frase de Heidegger que decía que la ciencia no piensa. El estimulo desencadenante fue la aparición en una respuesta del término “ciencia”. Posiblemente este forista no pudiera entender nada de lo que se debatía, pero al reconocer el término quiso aportar su grano de arena con esa frase de Heidegger esperando que alguien le aplaudiera, pues en un grupo de filosofía el odio hacia la ciencia se ha generalizado.

La frase de Heidegger es una tontera mayúscula, como casi toda su filosofía, una frase provocativa que sólo pretendía atraer la atención de quien la recibiera. Hoy la filosofía se expresa en un lenguaje provocativo para generar debate acerca de ella misma y vivir de lo mediático. Como claro ejemplo, uno de los filósofos alemanes de primer nivel de Alemania, Markus Gabriel, lanza la provocativa frase que dice: “el mundo no existe”. Y luego que todo el mundo reacciona sorprendido y le presta atención para ver qué tiene que decir, comienza a divagar una respuesta que un chico de 4 años puede desarmar. Pero logró su propósito, enganchar la atención de los espectadores para desplegar su show mediático. Con los problemas reales que enfrenta la Humanidad para sobrevivir, que un filósofo tarado pierda el tiempo en estas cosas, permite entender el desprestigio al que la filosofía ha arribado.

Sí, la ciencia piensa, en realidad, los científicos sí piensan, y deben pensar bien y ser muy inteligentes, porque a diferencia de los filósofos, científico que no obtenga resultados es descartado, mientras que filósofo que divaga puede dar clases de filosofía o escribir libros que otros del medio leerán.

Este es el motivo por el que casi todos con una cultura media pueden entender lo que un científico dice, ya que el científico será más inteligente y sabrá de lo que habla, porque a diferencia del filósofo que vive peleándose con las palabras, el científico debe pelear con la realidad. Y si un filósofo lee esto me pedirá que le defina qué cosa es la realidad. Cosa entendible en alguien tan alejado de la realidad, como para llegar a decir una idiotez de la magnitud de que el mundo no existe.

Un científico debe arribar a resultados para alcanzar el reconocimiento en el medio académico, un filósofo debe encantar a su público con un discurso atrayente y provocativo. Mientras que el reconocimiento del científico descansa en resultados reales, el filósofo debe esforzarse por alcanzar el reconocimiento a partir de un discurso circular destinado a no decir nada o, a hablar de la nada por horas. Alguien que siente en su fuero interno que es un farsante, sólo puede apelar a generar cuestiones antes que a dar respuestas. A cultivar la duda sistemática para provocar un pensamiento sin rumbo. A explicitar la propia confusión como un proceso sistemático de construcción de pensamiento.

Esto entendía Heidegger por pensar, a darle vueltas y vueltas a las palabras para, supuestamente, poner al descubierto la dosis de verdad que pudieran contener. Pero como el científico no trabaja tanto con palabras sino con cosas reales, no necesita encontrar la verdad que busca en las palabras que se ha inventado, sino en los objetos con los que trabaja. Por lo que no necesita perderse en especulaciones sin fin, pues sí llega a resultados en los que puede descansar, y no necesita apelar a juegos de palabras para demostrar sus descubrimientos, porque el reconocimiento está asegurado en sus logros y no en sus justificaciones por la falta de los mismos. No es en el nombre de la rosa dónde se encuentra su secreto y verdad, es en la rosa. El científico estudiará la rosa, el filósofo el nombre.

Por este motivo podemos entender lo que un científico nos cuenta acerca de su ciencia, y nos puede costar seguir los divagues filosóficos que pretenden encontrar la verdad en el análisis de los términos empleados para dar cuenta del objeto investigado.


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