jueves, febrero 01, 2018



Hace algunos años un chico me preguntó qué era la filosofía. Creo que casi todo el mundo tiene alguna idea acerca de lo que es la investigación científica, pues gracias al conocimiento científico tenemos la tecnología actual que nos ha resuelto tantos problemas, aunque haya creado otras que puedan llevarnos a la extinción. Sin embargo, si las distintas ciencias buscan conocer todo aquello que hay en el mundo y sus alrededores, ¿qué busca conocer la filosofía? ¿Qué hay más allá del mundo y sus alrededores para conocer?  O ¿qué busca la filosofía? Alguno dirá que la filosofía se pregunta por el sentido de la vida, de dónde venimos y a donde vamos, y alguna otra cosa más de índole trascendental. Bueno, lamento decirles a quienes así piensan que están equivocados, porque la filosofía no puede responder a esas preguntas, sólo la ciencia puede que algún día las responda. Como organismos biológicos nuestros orígenes y fines los pueden indagar las ciencias especializadas en estas cosas. Entonces ¿qué hacen los filósofos? Buena pregunta. En aquel momento cuando el chico me preguntó qué era la filosofía, tuve un relámpago de inspiración. Sabiendo que las ciencias eran las encargadas de conocer la realidad por lo que el filósofo debería dedicarse a otra cosa, respondí: la filosofía busca la verdad.

Y la respuesta me acompañó desde entonces. ¿Qué es la verdad y qué la diferencia del conocimiento científico? El conocimiento científico puede ser verdadero o falso, o ser verdadero dentro de ciertos ámbitos. Pero ¿cómo sabemos si es verdadero o falso? Desarrollaremos criterios que nos permitan definir qué es el conocimiento científico verdadero. Pero aquí es donde se da la salida de la ciencia. La ciencia sabe si algo es verdadero o falso, pero definir qué es el conocimiento, qué es lo verdadero, sólo se puede definir desde fuera de la ciencia, y ahí es cuando nos encontraríamos en el territorio de la filosofía, porque la ciencia y el conocimiento científico es algo que nos importa. La ciencia descubre patrones, de ahí a que hayan creado sistemas de inteligencia artificial capaces de indagar sobre algunos fenómenos y llegar a producir conocimiento sobre ellos, ya que sólo deben identificar patrones que se repitan y registrarlos de alguna manera.

Esto no es poco, nadie puede poner en duda los grandes avances de las distintas ciencias. Pero ponerlos en duda, poner en duda a la ciencia, ya es entrar en el territorio de la filosofía. A un ingeniero la verdad le interesa poco, sólo le interesa que el conocimiento que tiene de su especialidad le permita hacer cosas en su ramo. A un arquitecto la verdad le interesa poco, le interesa que su saber le permita construir casas, edificios, puentes, que no se caigan.

Alguien puede preguntar en este punto: ¿acaso se necesita de otra verdad más allá del conocimiento científico que nos permite hacer cosas en este mundo? Existen verdades que no son científicas y que igual nos importan. Por ejemplo, Pedro quiere saber si Juana lo ha engañado con otro hombre. Pablo quiere saber si Ernesto lo difamó en su lugar de trabajo. Son verdades que de alguna manera necesitamos saber para actuar en consecuencia. Lo que siento por una mujer no será lo mismo si me entero que me ha engañado. Mi comportamiento con Pablo no será el mismo si me ha difamado o si no.

Pero aquí comienza a revelarse algo importante acerca del concepto de verdad. Que Pablo me difame puede afectarme laboralmente, el perjuicio puede cuantificarse económicamente, por ejemplo puedo perder un ascenso. Sin embargo, aunque no haya una consecuencia medible desde el punto de vista utilitario, hay una traición que genera el dolor. Que alguien a quien ame me traicione genera un dolor que escapa a cualquier valoración cuantificable. Porque cuando se logra relativizar todo lo que nos ocurre, la vida deja de tener sentido. Si sólo me encuentro en relación con objetos que me provean sustento y placer, y puedo medir ese sustento o placer de manera que puedo sustituirlo con equivalentes, me encontraría en un mundo de caricaturas.

El novio de Pepita la deja por otra y ella al encontrarse sufriendo recibe de sus amigas frases del tipo: tranquila, lo que sobran en este mundo son hombres, si uno se va puede aparecer otro. Pero cuando Pepita acepta esto, nunca más estará realmente con alguien, porque llegó al estado donde un hombre es intercambiable por otro.

Cuando deja de dolerte que Pablo te difame, o que tu novia te engañe con otro porque puedes cambiarla por otra, el mundo pierde su encanto. Si aquello con lo que estas en contacto es reemplazable, entonces sólo estarás en contacto con objetos con un valor utilitario. Cuando se llega a este punto, desaparecen las personas. Podrás sentirte más o menos bien con algunas, pero sólo se encontrarán en la periferia de tu existencia. Las valorarás en función de lo bien o mal que te hagan sentir, pero todas serán prescindibles o reemplazables.

Pero algo similar experimentamos con el conocimiento científico. Es un conocimiento utilitario, que podrá mejorarse y ampliarse con el paso del tiempo. Podrá registrarse en documentos, pero está ahí, fuera de nosotros. Cuando lo necesitemos consultaremos las bases de datos, y cuando no, dormirán en sus soportes virtuales.

Antiguamente la verdad estaba asociada a experiencias místicas, el conocimiento se valoraba tanto como al conocimiento supuestamente revelado por los profetas. Hoy hay tanto conocimiento que nos resbala. Y cuando algo pierde su valor original por su valor de consumo, de alguna manera nos alejamos de la verdad. Porque algo es más o menos verdadero en función de cuánto nos afecta.

Por este motivo respondí que la filosofía buscaba la verdad, porque se debería mover en el territorio de aquello que nos afecta de alguna manera. Si todo deja de afectarnos, si todo es intercambiable, la verdad no tiene razón de ser. El día que Pepita aceptó que el mundo está lleno de hombres, y que podía sustituir al novio que tanto quería por otro equivalente, ya nunca necesitará amar a nadie o, posiblemente ya no pueda amar a ningún otro hombre, porque amar a alguien implica no poder sustituir a esa persona (y casi no poder vivir sin esa persona). El día en el que las personas adquieren la posibilidad de ser sustituidas, la verdad desaparece, deja de tener sentido, porque todo pasa a ser relativo.

Simultáneamente, al adquirir los demás valor de cambio, nosotros también lo adquirimos. En ese punto todo en el mundo de las personas deja de tener valor o de ser tocadas por algo como la verdad. Claro que todo es relativo en este mundo, porque todos podemos ser sustituidos. Sólo somos uno más del montón. Y si alguno destaca y es valorado por ello, quien es valorado no puede disfrutar realmente de la valoración debido a que puede importarle lo que la gente del montón piense acerca de él.

Los tontos de la New Age que leyeron a Castaneda y la recomendación de su personaje “Don Juan Matus” de destruir la importancia personal, no saben que si la importancia personal se destruye, se destruye la de todo el mundo, y la vida pierde sentido.

La imagen que acompaña este texto se llama El Hermitaño. En realidad el término ermitaño no lleva una “h”, pero en el tarot de Marsella se escribe con “h”. Esta carta representa a un fraile que se retira del mundo humano para encontrar la verdad. Es más, los filósofos aparecen generalmente representados por esta carta, mientras que los científicos por el Mago. Ese Hermitaño se aparta del mundanal ruido y pretende desapegarse de todo para quedar solo con su verdad, si es que existe verdaderamente. Pero ¿por qué se aleja del mundanal ruido, de las posesiones, de la gente? No tanto por elección propia, sino porque llegó a un punto donde todo se relativizó. No busca la soledad para escucharse mejor, se quedó solo. Y busca algún sostén, luego de haberlo perdido. La gente perdió valor, ya que hay tanta, que cada uno puede terminar siendo sustituido por otro. Las posesiones dan placer, pero el placer solo, sin más sentido, no llena. En el fondo, los filósofos terminan haciendo algo parecido: buscan en ellos mismos algo que le brinde sustento. No lo encuentran, por esto son tantos los filósofos que terminan suicidándose o haciendo juegos de palabras en sus textos.

Ese Hermitaño se aparta del mundo para encontrar una verdad que no existe. Camina con su linterna hacia la izquierda, su pasado. Indaga con la luz de su intelecto en la vida vivida tratando de encontrar algo que le consuele, una verdad que destruya todas sus dudas. Pero esa verdad no existe.

La verdad emerge del vínculo con aquellas personas que pueden afectarnos, para bien o para mal. Cuando se da el proceso de desencantamiento donde todo comienza a relativizarse, a adquirir valor de cambio, por lo que puede ser sustituido, la verdad deja de tener valor, en realidad deja de existir. Cuando esto ocurre, la ciencia sigue viva, pero la filosofía muere.

A veces se trata de entender a la verdad por si sola, cuando debe ser entendida a partir de su opuesto: la mentira. En la ciencia no existe la mentira, existe el conocimiento verdadero o falso, pero no la mentira. Que un conocimiento sea verdadero o falso no nos afecta demasiado, es exterior a nosotros, pero que alguien nos mienta sí. La mentira nos toca directamente en el alma. El valor de la verdad es directamente proporcional a cuánto pueda afectarnos la mentira. La información falsa no nos afecta grandemente, la mentira ataca directamente a nuestro ser. Y sólo hay mentira en los vínculos humanos. Sin vínculos fuertes la mentira no puede tocarnos y la verdad pierde su valor.

Ese Hermitaño al abandonar el mundo humano para tratar de encontrar alguna verdad, desconoce que, precisamente se está alejando de donde puede encontrarla. La necesidad de verdad es la necesidad de alejarse de la mentira, o de quienes mienten. La verdad concierne al mundo de las personas, y en este mundo algo puede ser verdad o mentira. En el mundo de la ciencia no existe la mentira, existe el conocimiento verdadero o falso. Pero al perder valor el mundo humano, todo se relativiza, y con ello muere la filosofía. Sólo nos queda el mundo del consumo.

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