sábado, enero 27, 2018



En principio nadie lo es, salvo en las películas. Pero existen algunos criterios que permiten anticipar el comportamiento de las personas, en realidad, existen sólo dos.

El primero de estos es el valor que tenga la imagen de alguien para sí mismo, porque nuestra imagen posee un cierto valor. Por ejemplo, un comerciante sabe que su imagen o su marca le pueden asegurar un cierto éxito financiero y perderla puede implicar que se arruine. ¿Qué busca alguien en una marca? Confianza. Y el dueño de la marca debe cuidarla y hacerla crecer, para asegurar su negocio.

Hace unos años compré una tablet china. Estaba en precio comparada con otras y pensé: por mal que salga siempre funcionará, por lo menos las cosas mínimas podré hacerlas con ésta. Pero no, funcionaba, pero abrir una página podía llevar 3 minutos. Era tan mala que tuve que tirarla. Claro, no tenía marca, era china, ¿a quién le voy a reclamar? Los fabricantes saben que su marca no importa porque ni la tienen, y que nadie podrá ubicarlos para reclamar algo. Sus productos están dirigidos para los tontos que piensan tal como yo pensé al comprarla. ¿No han comprado productos “Made in China” que se deshacían al tratar de usarlos o que les duraban 4 días? Un paraguas chino dura mientras no se emplee, a la primera lluvia con viento se quedaron sin paraguas.

Recuerdo un estudio sobre marketing que decía que si alguien compra un producto y éste se encuentra dentro de lo esperado, posiblemente no se lo cuente a nadie, porque es lo que se espera de un producto. Pero que si no lo está, el comprador enojado se lo contará por lo menos a 8 personas. Por este motivo las grandes marcas tienen tanto celo por sus productos, porque los que hayan salido mal pueden dañar seriamente a la marca. Claro, hoy con la obsolescencia programada y sabiendo que la gente quiere tener siempre el último modelo de lo que sea, las empresas han bajado el listón de calidad. En mi casa hubo una heladera General Electric que tenía 48 años y seguía funcionando, sólo un poco estropeada la pintura, al vender la casa los compradores quisieron quedarse con la heladera y se las dejé. Dudo que hoy una heladera dure tanto.

Pero la imagen de las personas operan como una marca. Un profesional depende de su imagen para poder trabajar y tener clientes. En pueblos chicos donde todos se conocen, la historia de alguien puede definir su éxito laboral y social. Por este motivo la gente de pueblo chico es más servicial y amable, porque dependen de la imagen que proyecten para sobrevivir. Alguien que no cumpla con lo esperado puede terminar siendo marginado.

Claro, en un mundo globalizado como el nuestro la historia personal cuenta menos, salvo en ciertos ámbitos. En una gran ciudad basta con mudarse para iniciar una nueva vida, por lo que la imagen que se tenga cuenta menos. En lugares donde sea fácil cambiar de empleo, también. Claro, salvo que se tenga un empleo público donde se es impune, en este caso los funcionarios no se preocupan por su imagen pues son inamovibles y pueden tratar mal al público pues son intocables.

Este es el primer criterio con el que puedes contar para saber si puedes confiar en alguien: cuánto vale la imagen de esa persona para sí mismo. Si lo que tú pienses acerca de alguien no puede afectarlo, entonces no puedes confiar en esa persona. Porque si no cumple un compromiso no puedes hacer nada para obligarlo a cumplir.

Muchas veces escuchamos decir: “no me importa lo que las personas piensen acerca de mí”. Y verdaderamente hay personas que han alcanzado un nivel de independencia donde lo que otros piensen acerca de ellos no puede afectarles. Pero en estas personas no se puede confiar precisamente por este motivo.

Lo único que puede darte seguridad en una persona es que reciba algún perjuicio si no cumple con su palabra. Si esta condición no se da, su palabra no vale absolutamente nada. La palabra de alguien vale algo sólo cuando incumplirla puede generarle algún perjuicio. Porque comprometerse implica asumir las consecuencias del incumplimiento, y si no hay consecuencias, entonces el compromiso no vale nada.

Sobre esta base podemos hacer un cálculo, ¿qué pierde alguien al incumplir y qué gana? Porque alguien puede tener unas consecuencias negativas al incumplir, pero ganar algo que tenga más valor. Este cálculo lo hacemos siempre cuando decidimos si podemos confiar en alguien o si no.

Claro, hay personas que han construido una vida que consideran valiosa y la imagen que tienen de sí mismos les importa. Su palabra vale porque no permitirían que su imagen se dañe, son personas de palabra. El problema es que grandes personajes cada vez quedan menos y la mayoría somos personas anónimas en una gran ciudad. Esto implica perder valor. Aunque suene feo, las personas hoy tienen un valor menor que antiguamente. Al saberlo el nivel de compromiso baja y terminamos en lo que hoy se llama la “sociedad de la desconfianza”. Si las personas valen poco su imagen vale menos, por lo que ya no podemos confiar en ellas. Le presté $ 1000 a Pedrito y no me los pagó. ¿Qué le importa a Pedrito que se lo cuente a quienes conozco, si puede pedirle a otros y hacer lo mismo?

Vivimos en la sociedad de la desconfianza porque somos anónimos y no valemos nada, por lo que nuestra palabra no vale nada tampoco. Ni siquiera los políticos que viven de su imagen se preocupan en cumplir cuando llegan al poder, porque lo que ganan supera el daño que su imagen pueda sufrir. También es cierto que la imagen de los políticos como clase está muy devaluada, porque ya nadie cree en ellos.

El segundo criterio es el del tono vital, la fuerza interior. Claramente sabemos que no podemos confiar en un adicto, ya que no posee fuerza de voluntad. Para resistir la tentación se necesita fuerza de voluntad. Intuitivamente podemos calcular la capacidad de alguien para vencer sus impulsos y saber así si podemos confiar en esa persona. No podemos confiar en quien no es capaz de controlar sus impulsos. Fundamentalmente en el área de compromiso. Porque una persona puede controlar sus impulsos en un área de su vida y no en otra. Muchas personas enloquecen en ciertas áreas, como ocurre en las relaciones amorosas, donde más se necesita la confianza y dónde menos se encuentra.

Pero la fuerza de voluntad de alguien se puede intuir de su estilo de vida. Por ejemplo, podemos desconfiar de los artistas porque son espíritus libres. Esto quiere decir que hacen lo que se les canta, por lo que el control de los impulsos es muy pobre. En quienes tengan una forma bohemia de vivir cuesta confiar, porque no han desarrollado el músculo del autocontrol. Es más, odian todo aquello que pueda representar alguna limitación a su libertad, como lo pueden ser los compromisos.

¿Cómo confiar en alguien que no acepta ninguna limitación a su libertad, cuando asumir un compromiso consiste precisamente en ello? No podemos confiar en quien se autodefina como un espíritu libre. Por su propia definición, y porque con su estilo de vida no ha desarrollado el músculo que les permita controlar sus impulsos. Por este motivo caen tan frecuentemente en las adicciones, porque no poseen fuerza de voluntad para resistirse.

Por lo tanto, no podemos confiar en las personas anónimas, en quienes no cultivan su imagen, en quienes se sienten desvalorizados, en quienes poseen una historia de no cumplimiento de sus compromisos, en quien tenga más que ganar incumpliendo que cumpliendo, en los espíritus libres, en los adictos, en nadie que no posea un fuerte control sobre sus impulsos.

Pero aquí es donde se da un extraño viraje al tema del compromiso. ¿Qué hacen muchos con aquellos rasgos de su personalidad o vida que no son aceptados? Los exageran o se burlan de éstos. Si alguien es feo se burla de su fealdad para descalificarla. Si alguien se siente tonto se burlará de su tontera. Por lo tanto, ¿qué puede hacer alguien que no genera confianza ni puede generarla? Se burlará de los compromisos, los rechazará. Hasta puede hacer todo lo que esté a su alcance para destruir toda posibilidad de confianza en su persona, para que quien se acerque lo haga bajo esta condición. Como no puede generar confianza sólo le queda proclamar que no es confiable, para sentirse libre del peso de cualquier compromiso. Curiosamente, esto funciona. Pero sólo en parte, porque quienes aceptan esta condición poseen rasgos similares y hacen lo mismo, por lo que jamás se alcanzan vínculos reales. Porque sin confianza no hay vínculo posible, porque hasta los ladrones tienen códigos de ladrones. Lo más curioso de este comportamiento es que quien proclama de alguna manera no ser confiable para que no le exijan ser confiable ni asumir compromisos, lo exigen a los demás, y se enojan mucho con quienes no se comprometen con ellos. No poseen la inteligencia suficiente para darse cuenta que pretenden que la gente se comprometa, cumplan sus compromisos, pero sin exigirles a ellos mismos que cumplan. Personas que esperan que los demás cumplan pero sin exigirles a ellos mismos que lo hagan. Y no se dan cuenta de esto. Bueno algunos si se dan cuenta y les da lo mismo. Porque resulta imposible todo vínculo sin asumir compromisos. Salvo que se sea un marginado social. Y esta tendencia se va manifestando poco a poco en nuestras sociedades. Porque la sociedad de la desconfianza sólo puede conducir al aislamiento, cumpliéndose aquello que decía Sartre: “el infierno son los otros”.

Sintetizando: no podemos confiar en una persona del montón ni en quien no controla sus impulsos. Es mejor dejar a los espíritus libres que lo sean.


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