domingo, diciembre 22, 2013



En el mundo podemos encontrarnos con personas que piensan y otras que no piensan, que confunden pensar y tener ideas con las impresiones que se forman de las cosas. ¿Cómo puede ocurrir que haya gente que no piensa cuando, aparentemente, todos lo hacemos? Bien digo que “aparentemente”. Cavilar no es pensar, hablar sobre las cosas como se puede hacer en un bar, no es pensar. Las conversaciones en los bares no cambian a las personas, pueden hablar por horas, semanas, años, y el pensamiento de esas personas no cambia en lo más mínimo, porque los temas de conversación no son relevantes en sí mismos, pues su valor consiste en el de permitir conversar y crearse una imagen a partir de las opiniones. Las conversaciones que no tienen un propósito específico como resolver un problema, satisfacen una necesidad narcisista la de crearse una imagen cultivando la opinión correcta. Si en verdad los temas de estas conversaciones fueran importantes continuarían en los hogares con las esposas u esposos, cosa que no ocurre.

Los sociólogos saben que uno de los motivos por el que se practicaba el hábito de la lectura matinal de periódicos era el de tener temas de conversación. Se leía para luego tener de qué conversar. Hoy no se leen periódicos como se hacía antiguamente, pero se leen las noticias en internet. Yo mismo todas las mañanas al levantarme lo primero que hago es leerme todas las noticias para saber cómo va mi país y el mundo. Al terminar con las noticias políticas y sociales leo todas las noticias relativas a la ciencia.

Entonces, los temas son secundarios con relación a la conversación. Se busca conversar para mantener e incrementar los vínculos y los temas se irán seleccionando según el tono emocional de los mismos para sostener la conversación. De esta manera se picotea por aquí y por allá sin profundizar jamás en nada, es más, si alguien parece saber un poco más de lo normal acerca de un tema genera un poco de rechazo, hasta se lo puede considerar pedante y, posiblemente habrá quien salga con la frase que se le atribuye a Sócrates “sólo sé que no sé nada” para destacar el supuesto valor de la humildad que todo pensador debería cultivar. En esta dinámica existe algo como un acuerdo implícito donde se considera de mal gusto destacarse verdaderamente. Así que quien sabe evita poner en evidencia su saber y sigue las conversaciones alternando los lugares comunes. Esto es como aquello del saludo cuando al encontrarnos con alguien y le preguntamos cómo anda, para nada esperamos que nos responda la verdad, esperamos que siga con la etiqueta y nos diga que bien y nada más. Tomarnos en serio en estas conversaciones también es de mal gusto, los temas en sí mismos no son importantes, sólo son un pretexto para pasar el rato juntos, pues el silencio genera un clima de malestar difícil de sobrellevar.

De esta manera se da que la inmensa mayoría de las personas no piensan jamás, porque no deben hacer nada con sus pensamientos. Bueno, me refiero a las cuestiones generales, aquellas que podemos considerar filosóficas, pues un médico piensa acerca del ejercicio de su profesión, al igual que un ingeniero o un carpintero. Pensar verdaderamente sólo se da cuando se hace algo con el pensamiento, aunque más no sea exponerlo y defenderlo. Pero para darse cuenta de lo que digo hay que hacer una analogía, sino sólo parece que se entiende.

Todos los que tenemos ojos y vemos relativamente bien creemos que vemos, por ejemplo, sé cómo es el rostro de mi vecina, si la veo por la calle la reconozco inmediatamente aunque se encuentre entre 100 personas más. Es cierto, puedo reconocer un rostro entre otros, sin embargo, un dibujante sabe que recién aprendió a ver los rostros y sus expresiones cuando comenzó a dibujarlos. Al tratar de dibujar un rostro se descubren rasgos que antes se pasaban por alto, muchos rasgos. Este dibujante no puede transmitir a otros la diferencia entre lo que él puede ahora ver y lo que ven la mayoría. Ver no constituye una actividad pasiva, implica construir lo que se ve. Esta es la gran verdad ignorada por casi todos. El mundo visual de un dibujante es infinitamente más rico que el de los que no lo son. El arte nos enseña a ver, oír, sentir, etc.

Una digresión, el arte verdadero se distingue porque el artista nos muestra formas originales de ver las cosas, nos sorprende siempre y enriquece nuestro repertorio de experiencias. En cambio, el falso arte, el comercial, nos muestra lo que vemos habitualmente sin sorprendernos, cae en lugares comunes que han funcionado en otros momentos para entretenernos, pero sin enseñarnos nada.

Repito esto porque es muy importante: LA PERCEPCIÓN NO ES PASIVA, NO IMPLICA QUE NUESTROS ÓRGANOS SENSORIALES SEAN IMPRESIONADOS DE ALGUNA MANERA DESDE EL EXTERIOR, SINO QUE ES ACTIVA Y DEMANDA QUE CREEMOS EL OBJETO QUE PERCIBIMOS, CREAMOS LA PERCEPCIÓN. ¿Habrán notado que a veces al percibir algo se equivocan, creen haber visto algo que no había? Bueno, es por lo que he dicho, a veces nuestro cerebro interpreta mal algunos estímulos sensoriales y crea objetos inexistentes o distintos a los reales. En toda percepción existe un sesgo personal. Por esto cada artista crea una obra que revela un mundo personal a veces fácilmente identificable por los expertos.

Pero lo que digo con respecto a la percepción, también es válido para la formación de una idea, o un pensamiento propio. Hay que construirlo y al hacerlo es cuando descubrimos cosas que no sabíamos que sabíamos. Por ejemplo, cuando comencé a escribir este artículo tenía algunas ideas en mente, pero al desarrollarlas me fui encontrando con otras, que estaban ahí, por supuesto, pero de las que no me había dado cuenta hasta que traté de expresar las primeras. Esto me ocurre siempre que escribo, tengo una idea general de lo que pretendo decir, pero luego el texto va por donde quiere, no pocas veces oponiéndose a lo que pretendía decir originalmente. ¿Se dan cuenta que si no me hubiera puesto a escribir me habría quedado con las ideas generales que tenía al comienzo? Esto le ocurre a la mayoría de las personas pues nunca deben desarrollar completamente una idea, jugarse por ella y sostenerla en el tiempo. El científico tiene su laboratorio el pensador filosófico su hoja en blanco y la pluma o, una buena computadora con su procesador de textos.

El pensamiento propio debe ser construido y puesto a prueba. Pero no necesariamente como lo haría la ciencia, pues el mundo humano es demasiado complejo e intervienen muchas variables, la mayoría desconocidas.

La ciencia procede a partir de hipótesis que se van verificando y que permiten crear teorías que luego son contrastadas, etc. El método científico es ampliamente conocido y no me interesa detenerme en éste ahora. Pero sí en el método filosófico. Muchos “profesores” de filosofía amantes de la razón y la lógica dicen algo como esto: “la filosofía busca conocer las causas primeras para a partir de ellas deducir todo el saber posible”. Este camino implica que el filósofo para poder filosofar conoce todas las variables del fenómeno que investiga. Existe un sistema cerrado con un conjunto de variables conocidas y que aplicando la lógica y el razonamiento es posible explorar las posibilidades del sistema y exponer sus leyes. La razón sólo funciona en estos casos, pero la realidad humana se caracteriza porque desconocemos buena parte de las variables que intervienen, así que debemos emplear la intuición para conocer aquello que se nos presenta como asomándose pero sin revelarse completamente. El fenómeno se asoma y el filósofo con su experiencia e intuición lo capta a medias y debe retratarlo de alguna manera para formarse una idea operativa que le permita orientarse en el mundo.

Por este motivo me generan tanto rechazo los racionalistas apegados a la razón y la lógica cuando la filosofía actual debe operar en una realidad que se nos escapa continuamente y que demanda de toda nuestra intuición para captar lo esencial y, así, permitir orientarnos. Estos racionalistas desfasados son los que terminan como simples comentadores de textos, porque no tienen la capacidad para orientarse en el mundo, ni siquiera se dan cuenta que la razón que tanto abrazan no les sirve de casi nada. Anticipando todo esto destaqué el término “profesor” de filosofía, porque sólo pueden aferrarse a la tradición y a la repetición de un discurso que no puede hacerle frente a una realidad emergente que demanda lo que ellos no poseen ni pueden entender, así que deben conformarse con transmitir los textos sagrados de la tradición con la esperanza de que en algún momento surja un pensador creativo que pueda tomar la posta y continuar con la labor filosófica que ellos mismos no pueden continuar.

Hoy la filosofía más que nunca se acerca al arte, el ser se revela en el habla, en los trazos del pincel sobre la tela, en los sonidos en la música, etc. Al expresarse por escrito el filósofo, al tratar de atrapar con palabras las ideas, éstas se van revelando y mostrando sus notas constitutivas. La verdad salta y sorprende al escritor cada tanto, forzándolo a corregir su pensamiento en continua formación. La idea de “camino” tantas veces mencionada por Heidegger es de las que más se acercan a la práctica de la filosofía.


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