domingo, junio 09, 2013



Borges dijo alguna vez que la filosofía era una rama de la literatura fantástica, pero no, la filosofía se opone a la literatura de la misma manera que se opone a la vida. Platón dijo que el ejercicio de la filosofía era una forma de aprender a morir. La literatura es ficción, consiste en crear ilusión, entretener. Cuando vamos al cine lo hacemos para evadirnos, para entretenernos. La literatura cumple la misma función, pero ofreciéndonos un mundo alterno construido sólo con palabras.

La búsqueda de la verdad constituye una actividad antinatural, de ahí a que muy pocos se entreguen a esta aventura. En cambio, a la literatura se entregan muchos, tanto para escribirla como para leerla. La vida es dura, antes lo era aún más, tomar conciencia de lo real de nuestra condición puede conducir al suicidio, como alguna vez dijo Camus. Sólo aprendiendo a mentirnos podemos sobrevivir. Así que el autoengaño constituyó una ventaja adaptativa en la especie. El hombre deseaba vivir aún cuando la vida que tuviera fuera horrible. Cuando así era le quedaba la esperanza de alcanzar algún día algo mejor. Así aprendió a vivir para el futuro y para después de la muerte.

Muchas veces me sorprendo y me enojo por la gran capacidad de las personas para el autoengaño, responsable, entre otras cosas, de la existencia de gobiernos terriblemente corruptos que se sostienen con el apoyo popular, pues pueden engañarlos con un buen marketing. Me enojo con la existencia de sectas terribles como la Cienciología que engañan a sus miembros para robarles todo lo que tienen y para controlarlos. Pero está en la naturaleza del hombre esta capacidad para ser engañado. Puede resultar chocante que llame “capacidad” a una deficiencia, sin embargo, desde el punto de vista de la especie puede constituir una capacidad para sobrevivir.

Comúnmente escuchamos decir a las personas que todos filosofamos en alguna medida, especialmente cuando pensamos en alguno de esos temas que más se identifican con la filosofía, particularmente el relacionado con el “sentido de la vida”, ya que perderlo puede conducir a esa condición llamada “vacío existencial” que constituyó a mediados del siglo pasado uno de los temas principales a tratar por la filosofía y la psiquiatría. Hoy, la depresión sigue siendo una de las patologías más frecuentes, pero creo que tiene bases distintas que no voy a analizar en este momento.

Cuando las personas se deben enfrentar a ese problema del “sentido de la vida”, no lo hacen como el filósofo tratando de encontrar alguna respuesta, sino que lo hacen con la intención de crear o encontrar algún sentido para ellos. Muy pocas personas filosofan verdaderamente porque no buscan la verdad, tal vez porque la verdad ya la tengan y no les interese o deseen negarla, buscan qué hacer con sus vidas, cómo tener una que les permita alcanzar algo de felicidad. Buscan convertir sus vidas en una aventura de algún tipo. Puede que por este motivo la gente esté más interesada en la mitología que en la filosofía.

Claro, pueden decirme que no es así, que la ciencia ocupó el lugar de la filosofía y que ahora la gente se interesa por las ciencias. No, el interés en las ciencias no es un interés por la verdad, la gente se interesa en las ciencias como antiguamente se interesaba por la magia, la ciencia ofrece control sobre el mundo, cura enfermedades, nos proporciona tecnología, posibilidad de solucionar los grandes problemas y, con ello, muchas veces negar la verdad de nuestra condición.

Cuando alguien pierde el sentido de la vida no consulta al psiquiatra o al psicólogo para que le ayude a encontrarlo, porque sabe que no existe, sino que consulta para encontrar la forma de combatir el dolor y de encontrar una manera mejor de vivir donde pueda alcanzar algo de felicidad. Ninguna terapia trata de resolver un problema filosófico, como podría ser el del sentido de la vida, trata de atenuar el dolor y ayudar a las personas a encajar mejor en el mundo, en lo posible sin pensar demasiado. Es más, no pocos especialistas de la salud mental creen que pensar demasiado constituye un síntoma a tratar. La gente busca ingerir antidepresivos que detengan el funcionamiento del aparato para pensar. Me viene a la mente el recuerdo de Matrix, el filósofo sería el que se toma la pastilla para desconectarse de la Matrix mientras que muchos de los tratamientos psiquiátricos y psicológicos están diseñados para proporcionar la pastilla que hace olvidar que se está conectado a ella. Cuando la gente cree estar filosofando, no está haciéndolo, está buscando la forma de anular su conciencia de manera de poder vivir la irrealidad como si fuera la realidad.

Por suerte estamos diseñados para ello, por este motivo existe la literatura, el cine, los deportes, la religión, etc. Podemos disociarnos y vivir una irrealidad, una ficción como si fuera una realidad, pero sin riesgos reales, salvo en algún que otro deporte extremo.

Volviendo al campo de la filosofía, dije que muy pocos se interesan verdaderamente por la búsqueda de la verdad, pero ese grupo compuesto por lectores de la filosofía no conforman al grupo de los verdaderos buscadores, la mayoría aspiran a ser sofistas, a poseer un cierto control de la dialéctica que les permita mostrarse inteligentes, ocurrentes, con una mezcla de sabiduría salpicada de sentido común, vencer en las discusiones, y no mucho más. Nuestros procesos de defensa son muy poderosos, nos frenan cuando tratamos de pasar cierto límite. Buena parte de esos lectores de la filosofía sólo buscan saber lo suficiente como para estar en condiciones de vencer en los debates y mostrarse inteligentes. Sofistas puros. Muchos psicólogos estudian filosofía por el mismo motivo, así pueden dar vuelta cualquier argumento que puedan exponer sus pacientes. A los psicólogos y psiquiatras, no les interesa la verdad, no les interesa saber si existe un sentido de la vida, sólo les interesa calmar el dolor de las personas y ayudarlas a encajar en el mundo.

No hay nada de malo en ello, tal vez porque la verdad sea que vivimos en dos mundos: el mundo real que debemos conocer para satisfacer nuestras necesidades y, el mundo humano dominado por el arte. El impulso artístico es el que se encuentra tras la ficción, la representación de papeles, los juegos que simulan actividades de caza o guerras de todo tipo, la religión, etc. El impulso artístico parece tener el propósito de lidiar contra el sentido de la realidad, especialmente cuando una conciencia excesiva de ésta puede dañar a la persona. Nacemos con la capacidad para mentirnos e inventarnos realidades imaginarias compensatorias, es la esencia del impulso artístico. Impulso que se manifiesta a cada rato cuando nos expresamos de alguna manera. Si me encuentro con alguien y nos ponemos a conversar, contamos historias, convertimos lo que hacemos y nos pasa en historias a ser contadas. Las personas sabias en las distintas culturas son aquellas que sostienen la cultura del grupo en historias que cuentan una y otra vez. Claro, estas historias, como sabemos, no siempre reflejan la realidad.

Posiblemente el realismo extremo constituya un síntoma de alguna patología debido a que pretende neutralizar completamente el impulso a crearnos realidades alternas más satisfactorias. No es desconocido el hecho de que las personas extremadamente realistas han pasado por experiencias traumáticas muy graves y deben apelar al realismo para evitar tropezar nuevamente con ellas. Pero las experiencias dolorosas pueden llevar a una persona al realismo extremo o a su opuesto: la exaltación religiosa tal como se da en las llamadas psicosis religiosas. Uno se aferra a la realidad el otro se aparta completamente de ella.

Una actitud filosófica correcta debería aceptar esta doble condición del hombre como constitutiva de su naturaleza. El hombre vive en la realidad material y en un mundo espiritual creado a su imagen y semejanza. Curiosamente el segundo sostiene al primero. Siempre fue así, porque si no fuera así el hombre se habría suicidado en masa. Camus dijo que la filosofía debería contestar a una sola pregunta: si el hombre debería suicidarse. Le respondo a la distancia que no, la filosofía no necesita responder a esa pregunta, debe reconocer la doble naturaleza del hombre y aceptarla. Creamos nuestra vida y nuestro mundo viviendo, cuando somos conscientes de ello podemos tomar una actitud más activa y estética en esta creación para ya no preocuparnos tanto por una realidad material que no es tan importante. En el hombre existe un impulso muy poderoso que lo empuja a mentirse, no hay problema en ello mientras lo sepa. En cambio, pretender en cada momento poner al descubierto las verdades de todo el mundo no constituye una actitud sana. Más bien constituye un hábito contrario a la vida.


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