sábado, abril 13, 2013



Comienzo con suavidad a correr por la Rambla de Montevideo, en los primeros pasos no siento mi cuerpo coordinado como me gusta sentirlo, está frío, los músculos sensibles, por lo que debo correr despacio esperando que progresivamente entre en calor. Corro 300 m para calentar y me detengo para seguir caminando por unos 100 ó 150 m mientras respiro y espero que el cuerpo se recupere. Ya me encuentro listo, ahora sí, siento la energía en las piernas, en el cuerpo, el paso ahora es más largo y ágil.

Supongo que durante el calentamiento mi cuerpo liberó las llamadas hormonas del bienestar y las que me preparan para el esfuerzo físico. Corro con paso ágil y largo, el cuerpo pide aire y me gusta esa sensación, me gusta controlar la entrada de aire, dosificarla, sentir la energía que me provee. Ocurre algo parecido a cuando se bebe agua cuando se tiene mucha sed, esa sensación de frescor que brinda el agua y, a pesar de no tener sabor, beberla cuando se está sediento constituye una de las experiencias más placenteras. Lo mismo ocurre con el aire cuando nos falta por el ejercicio, se lo puede saborear, disfrutar. Mientras corro mi sangre circula con mayor intensidad, siento latir todo mi cuerpo, siento circular la sangre, la vista se aclara, se agudiza, se agudizan todos mis sentidos. Dicen que nuestro organismo constituye una fábrica de medicamentos naturales, supongo que todas esas substancias se vuelcan en el torrente sanguíneo tonificándome.

Cuando un país entra en guerra se produce un fenómeno peculiar en la organización social, se vuelve más eficiente, mejor coordinada para poder atender las demandas de la guerra. Cuando se corre o se realiza cualquier ejercicio que demande concentración ocurre lo mismo: la sincronización perfecta de todas las funciones y la optimización biológica. No olvidar que en realidad somos una colonia de células.

Continúo corriendo, ya encontré el ritmo que puedo mantener todo el tiempo que desee. Me sigo drogando con las endorfinas, me siento fuerte, veo a gente correr cerca mío y los paso porque me encanta vencerlos a todos. Sólo hay un corredor que puede vencerme y es un corredor olímpico, las personas normales no pueden vencerme. Sigo corriendo observando todo, siento latir mi cuerpo y la respiración, siento la energía, debo evitar que esta sensación no me traicione debido a que puedo sentirme más fuerte de lo que estoy y llegar a lesionarme por imprudente. Pero conozco mi cuerpo, sé cuando detenerme.

Corro, siento la fuerza, la energía, me siento libre, me siento Dios.

La capacidad para vivir y disfrutar de la vida depende del estado de nuestro cuerpo.


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