miércoles, febrero 17, 2010



El Sofista pretenderá encantarnos con su discurso vacío, ¿cómo lo hace? Todos buscamos saber, entender, una historia se desarrolla en torno a un misterio que deberá resolverse al final. El cuentista nos hace creer que nos contará algo interesante que nos sorprenderá al final, por lo que comienza su relato con la idea de despertar la expectativa, la historia se va desarrollando uniendo hechos tras hechos que nos enganchan esperando que llegue el final donde sabremos hacia dónde iba la historia. Si al final el cuentista comete algún error desaprovechando los tiempos o el ritmo del cuento, todo el cuento se perderá y nos provocará una sensación desagradable, una sensación de frustración, de engaño. Buena parte del arte de contar cuentos radica en saber finalizarlos.



Bueno, el Sofista en alguna medida actúa así, da a entender que posee algún saber o que posee el medio para llegar a éste, comienza, entonces, con un proceso rítmico de seducción, de encantamiento a través de una especie de asociación libre de ideas sobre temas relacionados con el saber en cuestión, una especie de recorrido novelado que tiene el propósito de demostrar que se encuentra en el camino correcto, pero sin llegar al final del proceso revelando el saber que se espera sea revelado. Sólo deja definido el camino, un camino no definido tanto por la razón sino más bien por la emoción que se fue despertando poco a poco, porque el encantamiento no se produce jamás apelando a la razón, el encantamiento apela a un enganche emocional en un cierto tema directriz. Luego deja entrever que él posee el secreto para continuar por ese camino, o que su filosofía particular lo posee, siguiéndolo se podrá acceder a grandes conocimientos, posiblemente se alcanzará la Sabiduría que tanto se promete en estos tiempos, la iluminación. Pero claro, quienes siguen a estos hipnotizadores profesionales jamás llegan a ningún sitio, luego de un tiempo descubren que han perdido el tiempo, tiempo que pudieron haber empleado siguiendo sus propios caminos. Y el desencanto es devastador. Uno podría pensar que estos seguidores de caminos de autotrascendencia aprenderían de sus errores, pero no, encontrarán a otro Sofista, otro Encantador de serpientes venido a menos, y repetirán el proceso.

Parece como que así como hay lobos y corderos, hay encantadores de serpientes y serpientes sin veneno que sólo nacieron para seguir los movimientos de la flauta que no pueden escuchar -las serpientes son sordas y se guían por el movimiento de la flauta-.

Las serpientes sin veneno tienen siempre el mismo patrón de comprensión: se adhieren a las cosas a través de un vinculo emocional, jamás racional, y el requisito para que se produzca este vinculo emocional es el de que no puedan entender al objeto, la condición para idealizarlo. El Sofista sólo puede encantar a quienes no pueden entenderlo, y con mayor poder a quienes no pueden entender nada. Mientras menos fuerte sea el aparato para pensar mayor poder tendrán los Sofistas encantadores de serpientes sobre estas personas. Las Sectas no se integran con genios, se integran con personas con graves problemas psiquiátricos y psicológicos, personas necesitadas de ayuda y que no pueden valerse por sí mismas.

Constituye un dato comprobado en la clínica que cuando una persona enferma más sugestionable se vuelve y con mayor profundidad entra en estados hipnóticos. Mientras más débil y desvalida se encuentre una persona más influenciable se vuelve a los Encantadores de serpientes.

Una persona que conozca muchas historias se puede convertir en un gran encantador, es lo que ocurre con el Sofista que ha leído mucho acerca de la historia de la filosofía, pues durante su discurso siempre podrá ir asociando un elemento histórico con otro, formando así, no un hilo conductor lógico-racional, sino que elaborará un hilo conductor emocional uniendo elementos por el interés que pueda despertar y no tanto como para formar un pensamiento completo que responda a alguna interrogante, porque otro de los rasgos que marcan el perfil del Sofista es el de dejar abiertas las cuestiones que trata sin jamás comprometerse con una solución o respuesta. El Sofista no arriesga opiniones, salvo con quienes sabe que no le entenderán.

Por sus discípulos son conocidos los grandes maestros, si los discípulos no son capaces ni de atarse solos los cordones de los zapatos, no esperen que el maestro sea una lumbrera.


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