Uno de los objetivos del Zen, tal vez el principal, es el de lograr intuir nuestra propia naturaleza, intuición que se llama Satori, pero en el camino de lograrlo el discípulo debe resolver antes otros problemas un poco más fáciles para ir preparándolo para la Gran Intuición. Los problemas que debe resolver no son necesariamente muy distintos de los que la filosofía occidental pretende dar cuenta, pero sí es distinta la forma de la prueba. Cuando un filósofo occidental capta una esencia demuestra su comprensión a través de un texto, el texto es lo buscado ya que a través de ese texto el filósofo logra reconocimiento y posicionamiento. Nada extraño hasta aquí, un filósofo trabaja sobre un problema y cuando encuentra una solución la publica. Ahora bien, quien lee la publicación puede entenderla, adoptar esa solución y defenderla. Pero a pesar de creer que ha comprendido, puede que sólo lo haya hecho a nivel intelectual, pero sin llegar a tener la intuición que tuvo el filósofo. Esto se ve claramente en muchos comentadores que parece que entienden la letra pero no el espíritu de la letra perdiéndose en laberintos filosóficos sin salida. Lo vemos en esos comentadores tan afines al uso de diccionarios para entender el uso de las palabras y así alcanzar una correcta exégesis del texto, pero incapaces de comprender realmente el sentido del mismo. Es frecuente tener la sensación que los grandes eruditos saben muy poco realmente. Podrán citar datos, fechas muy precisas, anécdotas, pero no entender en profundidad las ideas que pretenden manejar. De esta manera tenemos a los grandes pensadores, aquellos que desarrollaron ideas creativas, que propusieron alguna solución a los grandes problemas de la humanidad, y por otro lado la gran masa de adherentes que no pueden pasar de la letra al espíritu de la letra, se han desarrollado infinidad de sistemas y aparatos críticos para realizar la exégesis de los textos sagrados de estos grandes pensadores, se lo ha hecho para ofrecer un método a quien no le da la cabeza para que pueda llegar más lejos en su comprensión, pero nada de esto funciona. A quien no le da la cabeza para entender no hay truco metodológico o aparato crítico que lo salve.Veremos muchos estudiosos de la filosofía con su cabecita llena de textos aprendidos de memoria junto con las explicaciones también aprendidas de memoria, pero que transmiten la sensación de no entender nada realmente. Es el caso de los profesores de filosofía que deberían ser capaces de pensar mejor que el resto de las personas no entrenadas, pero que cuando abren la boca nos dejan sorprendidos por lo pobres de sus opiniones, como si fueran incapaces de intuir, de orientarse en el mundo real fuera de los textos filosóficos.
Así es, las personas pueden aprenderse de memoria las soluciones a los problemas, pero ser incapaces de comprender realmente el alcance de estas soluciones. No importa cuántas citas de autores agreguen a sus ensayos, no importa cuántos diccionarios consulten, no pueden captar las grandes ideas.
En el Zen en cambio se procede de otra manera, no le interesa al maestro los alardes discursivos del discípulo, le interesa la verdadera comprensión, comprensión que se le muestra al maestro como una expresión de todo el ser del alumno. No existe un átomo del alumno que no esté de acuerdo con la respuesta que da, la respuesta, la solución es total, sin duda, porque no puede quedar un átomo de duda. Puede que en varias ocasiones anteriores el alumno haya dado la misma respuesta, tal vez porque la ha calculado, se la hayan contado, etc. Pero esa respuesta no fue una expresión organísmica total. Y el maestro no sanciona como correcta la respuesta hasta que el alumno verdaderamente haya alcanzado la intuición de la solución al problema que se le ha planteado. A diferencia del filósofo occidental que puede producir un texto extenso revelando su intuición, en el Zen se busca que las formas expresivas sean más directas y menos discursivas. Debido a que durante la expresión argumentativa puede diluirse la emoción intensa que asegura que la expresión es sincera y que parte de una fuerte intuición. Profundas señales le indicarán al maestro que el alumno ha comprendido y la principal consiste en el estado emocional del alumno, pues fue fuertemente conmovido al alcanzar la solución buscada.
En el Zen el concepto no gusta mucho, el motivo es claro: el concepto es pobre para representar las esencias más profundas que interesan al hombre, aquello que lo conmueve. El arte en cambio es un medio a veces más poderoso para representar las grandes intuiciones de los hombres, en buena medida porque permite concentrar múltiples sentidos en una única obra. Para ser preciso con la palabra es necesario tomar unos pocos sentidos de la Idea a representar dejando afuera otros, pero la Idea es inagotable.
Posiblemente la filosofía occidental pueda pecar de charlatana y el Zen de lacónico, porque mientras que algunos filósofos se extienden en demasía en sus explicaciones los zenistas puede que alcancen grandes intuiciones pero que no sean capaces de transmitirlas, porque no dominan la destreza discursiva. ¿De qué sirve una intuición que no puede ser transmitida de alguna manera quedándose presa en el interior del practicante Zen? Es cierto que muchos de los grandes maestros Zen fueron también grandes artistas y que encontraban a través del arte un camino para expresar sus intuiciones, pero también es cierto que infinidad de personas han creído entender lo que no entendían. Voy a poner un ejemplo preciso: se repite una y otra vez aquel dicho que se encuentra en El Tao Te King que dice que el que no sabe habla y que el que sabe calla. Basta un microsegundo de reflexión para darse cuenta del error que cometen, pues si así fuera no existiría el taoísmo hoy, pues si los que sabían se hubieran callado no habría habido transmisión, y la transmisión se dio gracias a los textos taoístas. De cualquier manera seguirán oyendo o leyendo ese dicho cada vez que expliquen algo. Del lado occidental también se recuerda la frase de Sócrates que dice “Sólo sé que no sé nada”. Pero como respondió un viejo amigo a alguien que le dirigió esa frase “de seguro que sabía como retornar a su casa”.
Debe existir un camino medio entre el zen y la filosofía occidental en la enseñanza, no hay que estar atento al discurso del alumno, a la fuerza de su argumentación que muchas veces conspira para la verdadera comprensión, hay que estar atento al lugar de dónde nos llegan las expresiones e intuiciones. Cuando la boca se mueve solita sin estar acompañada con fuertes movimientos de todo el cuerpo de seguro que nos encontramos con una débil comprensión.
Con respecto a los profesores de filosofía, ellos sólo enseñan la historia de la filosofía, no son verdaderos filósofos, por lo que difícilmente sean capaces de darse cuenta cuando un alumno verdaderamente ha entendido, pues ellos mismos tienen muy poca comprensión.

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